Corría el año de 1982 y la guerra civil en Guatemala llegaba a uno de sus puntos más altos, el conflicto armado se recrudecía y miles de muertos, desaparecidos y desplazados se sumaban a la larga lista de víctimas.

En la política suele haber todo tipo de tragedias, desde las derrotas electorales hasta el aislamiento de alguno sus miembros, pasando por el “destierro” de un exmandatario o simplemente, por la decadencia e inminente desaparición de cierto partido.

Hasta hace 20 años era impensable imaginar que un mundo intangible nos envolvería a tal grado que, al menos, una cuarta parte de nuestro día la dedicaríamos a estar frente a un dispositivo móvil para informarnos, divertirnos y comunicarnos a distancia, es decir, de una forma instantánea y no presencial.

Cada vez que llega un nuevo gobierno a tomar las riendas del municipio, estado, provincia o país, es inevitable frenar el reacomodo de las personas, grupos o sectores, debido a que la supervivencia y la vigencia en la política son objetivos permanentes.

“Es un honor estar con (Andrés Manuel López) Obrador”, era el grito que retumbaba al interior del Salón de Sesiones del Palacio Legislativo de San Lázaro por parte de los morenistas, justo cuando la senadora del PRI, Claudia Ruiz Massieu, fijaba la postura de su grupo parlamentario durante la instalación del nuevo Congreso el pasado 1 de septiembre.

“México vive, en suma, una nueva etapa de su historia: la de una democracia con instituciones sólidas y procesos electorales competidos, plurales y participativos”, señaló el recién llegado presidente, Enrique Peña Nieto, en su primer discurso el 1 de diciembre de 2012.

Hace más de 50 días que se llevó a cabo la elección más grande en la historia de México, esa en la que estuvieron en juego miles de puestos, en la que hubo ataques y denuncias entre partidos, así como la incertidumbre política y económica por la victoria de tal o cual candidato.

“Para los amigos, justicia y gracia; a los enemigos, la ley a secas”, dice la frase atribuida a Benito Juárez, una de los figuras más veneradas por la clase política mexicana, debido –señalan- a su forma de dirigir y a los cambios que impulsó
durante su periodo.

A Juárez se le asocia con el derecho y la justicia, y es precisamente esta última una deuda pendiente desde hace mucho con millones de mexicanos, pues todos los gobiernos (federales y locales) que pasaron han sido, en mayor o menor
grado, omisos e ineficaces en el tema.

Historia negra

En el siglo XX, específicamente durante el régimen priista, la justicia fue selectiva, es decir, se aplicó a unos cuantos, para aquellos disidentes, críticos, opositores o simplemente, para quien fuera una especie obstáculo del Presidente de la
República.

La primera transición llegó en el año 2000 y con ésta una serie de promesas y expectativas que al poco tiempo se transformaron en decepción. En materia de procuración de justicia, las cosas se mantuvieron casi iguales: La dependencia
encargada de ello (PGR) estuvo sujeta a los caprichos del mandatario federal.

En 2006, con el arribo de Felipe Calderón la tendencia de la PGR fue la misma, no obstante, su imagen salió afectada por el mal armado de expedientes de asuntos relacionados con la guerra contra el narcotráfico; y a partir de 2012, con el regreso
del PRI a Los Pinos, la (poca) confianza y prestigio de ésta quedaron sepultados.

Los cuatro culpables

Desde el inicio de la administración encabezada por Enrique Peña Nieto, tres titulares (Jesús Murillo, Karam, Arely Gómez y Raúl Cervantes) y un encargado de despacho (Alberto Elías Beltrán, actualmente en funciones) han desfilado por la Procuraduría General de la República, sin poder resolver los casos que pusieron en “jaque” a dicho gobierno.

La polémica detención, encarcelamiento y exoneración de la exlideresa magisterial, Elba Esther Gordillo, la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa; la matanza de Tlatlaya, la injerencia de la procuraduría en las elecciones del Estado de México en contra de la entonces candidata de Morena, Delfina Gómez o recientemente, las acusaciones por lavado de dinero al candidato panista, Ricardo Anaya, son muestra del desaseo del aparato de justicia en el
país.

Pieza fundamental

Todavía la PGR es una de las tres “patas” que sostienen a cualquier gobierno federal en México, pues sin justicia parcial –aseguran- no podría transitar. Las dos restantes son la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (facultada para cobrar los impuestos) y Gobernación (encargada de la política interna).

Convertir a la PGR en una fiscalía autónoma e independiente del Ejecutivo ha sido por muchos años, el objetivo de varias asociaciones civiles y uno que otro político, con el propósito de que la justicia se haga sin sesgos. Desde 2014, cuando Peña

envió la iniciativa para su creación, la travesía ha sido larga y complicada.

¿Para cuándo?

A 4 años de lo anterior, el nuevo organismo no ha entrado en funciones, ya que aún falta la presentación, discusión y eventual aprobación de su respectiva ley orgánica, así como el nombramiento de la persona que lo encabezará, la cual no
tendrá el pase automático como la idea peñista quedó estipulada en la

Constitución.

La próxima legislatura (que entrará el 1 de septiembre) y el gobierno de Andrés Manuel López Obrador tendrán un reto enorme: afinar la puesta en marcha de la Fiscalía General de la República y respetar el trabajo que ésta realice, sin intervenciones o presiones de ningún tipo como hasta hoy, que por desgracia es un “garrote político”.

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Como si de una batalla se tratara, las elecciones del pasado 1 de julio dejaron a un sinfín de derrotados, quienes no podrán levantarse, al menos en el mediano plazo, porque el contrincante que los apabulló y los arrasó, ha cobrado más fuerza.

Cierto es que alguien con facultades para ejercer el poder está en condiciones de hacer los cambios o movimientos necesarios en su equipo de trabajo para que, en teoría, su gobierno desarrolle una mejor labor, pero cuando estas modificaciones se dan con base en criterios ligados con la amistad, lealtad o reparto de cuotas, tarde o temprano se generará un problema mayúsculo.

A un gobierno se llega a administrar los recursos, coordinar diferentes tipos de acciones, ejecutar un plan de trabajo y al mismo tiempo, a mantener informados a los ciudadanos, con el propósito de crear la percepción de un gobierno cercano, que brinda resultados.

Cuando la derrota toca a la puerta de un político o partido, no le quedará más que hacerle frente, asumir las consecuencias y por supuesto, corregir las fallas en el corto plazo para mejorar su imagen y así, volver a ser competitivo en el terreno electoral.

El poder es aquella facultad o capacidad para hacer algo y en el ámbito político se manifiesta o se ejerce de distinta manera: mermado, acotado, ampliado y sobre todo, el absoluto, como el que tendrá a partir del 1 de diciembre el futuro presidente de México, Andrés Manuel López Obrador.