Una y otra vez el presidente Andrés Manuel López Obrador ha dicho que será paciente en la negociación con el magisterio sobre la reforma educativa.

Todas las mañanas el presidente López Obrador ofrece en su conferencia de prensa un doble espectáculo de abuso: de palabra y de poder.

 

Abusa todos los días de su derecho a la palabra y cruza algunos días los linderos de abuso de poder.

 

El abuso de la palabra empieza por la cantidad de tiempo que el Presidente habla, por el espacio que captura en los medios y por el carácter casi monopólico de esa captura.

 

No hay en los medios atención o espacios equivalentes, proporcionales, para los otros actores políticos, en particular para la oposición y, sobre todo, para los afectados por la palabra presidencial.

 

La consecuencia de este virtual monopolio mediático es que el Presidente y sus palabras ocupan casi todo el espacio público y son el eje de casi toda la discusión política. Si a este mecanismo diario del discurso del poder añadimos lo que baja de los discursos del Presidente en sus giras, lo que tenemos es un uso avasallante de la palabra, un uso poco democrático del discurso político.

 

Un uso legal, pero no ético, como diría el propio Presidente.

 

La línea que divide el abuso de la palabra y el abuso de poder es muy delgada.

 

El Presidente suele cruzarla cuando deja de hablar sobre algo y empieza a hablar contra algo. La puerta de entrada al abuso de poder de la palabra presidencial es lo que el Presidente llama su derecho de réplica.

 

No deja de ser cómica la idea de que el personaje público que casi monopoliza la atención de los medios exige también derecho de réplica. En realidad, quienes carecen de derecho de réplica son las personas y las instituciones que descalifica el Presidente.

 

El abuso de poder alcanza su clímax cuando el Presidente usa su tribuna mañanera para denunciar delitos que castigará, en vez de usar las instancias judiciales que tiene para castigar esos delitos. Cuando borra la línea que hay entre su voluntad y la ley, el Presidente abusa de su poder de palabra y cruza al menos dos linderos del abuso del poder. Uno legal: el lindero de la difamación.

 

Otro político: el lindero del linchamiento de sus adversarios desde el poder.

 

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Fuente: https://bit.ly/2CrNSSv

El sábado, MILENIO publicó Los 13 momentos que marcaron los primeros 100 días de AMLO y algunas de sus decisiones más polémicas: la masiva y mortífera explosión huachicolera en Hidalgo, el nepotismo en dependencias federales, las visitas de jefes de Estado, los vuelos en líneas comerciales, las cancelaciones de obras para el aeropuerto en Texcoco y el Programa de Estancias Infantiles, la caída del helicóptero en que murieron la gobernadora de Puebla y su esposo, y la abrogación de la reforma educativa.

Pese a las dudas, el presidente Andrés Manuel López Obrador celebró el acuerdo unánime del Senado sobre la Guardia Nacional y sofocó el titubeo de sus diputados, que perfilaban terquear con la subordinación al Ejército. 

Difícil entender que las haga suyas, pero más complicado es dar con quienes fabrican las mentiras que Andrés Manuel López Obrador esgrime para justificar algunas de las más insensatas pero trascendentales decisiones de su gobierno. 

De los 100 compromisos que asumió Andrés Manuel López Obrador en su primer día de Presidente, el tercero fue: "Se mantendrán las estancias infantiles de la antigua Secretaría de Desarrollo Social y se regularizarán los Cendis promovidos por el partido del Trabajo: ambos programas tendrán recursos garantizados en el presupuesto y pasarán a formar parte de las secretarías de Bienestar y de Educación Pública".

Los caudillos —de cualquier sesgo ideológico— cuando ejercen el poder suelen terminar en sátrapas. Los mesías, iluminados y redentores no gobiernan a seres libres, arrean manadas ovejunas, provocan calamidades y postergan el bien ser y bien estar de los pueblos.