El presidente López, que sale a hacer campaña por el llamado Triángulo Dorado del narcotráfico, a pocos días antes de las elecciones para renovar al gobernador en Durango. Y defiende los narco-retenes.

 

El gobernador de Movimiento Ciudadano que sale, con el billete en mano, a comprar con dinero de dudoso origen las débiles voluntades de diputados y alcaldes que no ganaron por el voto del pueblo en las urnas, un Junior que busca controlarlo todo.

 

Un candidato a gobernador de Morena, relacionado con un empresario huachicolero, quien los apoyaba con los dineros del contrabando al partido en el poder y así apoyarles a financiar sus campañas, lo silenciaron a balazos.

 

Un mandatario que defiende los derechos humanos de los criminales, porque dice, también son seres humanos. Y ellos le responden con videos en los que aparecen asesinando ciudadanos y a sus adversarios, comiéndose el corazón de uno al que ejecutaron.

 

Podríamos seguir la larga lista de todos los absurdos, y de todas las sinrazones, de todos los abusos que vivimos en México. Pero la pregunta más cruda es: ¿por qué como Nación guardamos silencio frente a semejantes atrocidades? O quizás un mejor cuestionamiento sea: ¿por qué nadie sale a dar la cara, a alzar la voz en una sociedad que cada día se acostumbra más a lo increíble, a lo absurdo, a lo grotesco, a los excesos impunes en el abuso del poder? ¿Dónde está aquel sector empresarial que en los años 70 confrontaba al Sistema Priista monolítico, todopoderoso, estatizan te, con paros nacionales con los que acotaban o incluso frenaban los abusos de los políticos ebrios de poder?

 

Quizá perdieron algo de su voz cuando el presidente José López Portillo les expropió la Banca y las deudas privadas debieron pagarse con créditos de Banobras, una institución no calificada para rescatar ni a empresas ni empresarios.

 

Tal vez se les volvió a bajar más la tonada a esos magnates, cuando en el gobierno de Miguel de la Madrid, les creó el Fideicomiso Contra Riesgos Cambiarios el “Ficorca” para que sus empresas pudieran hacerles frente a las deudas en dólares.

 

También se auto impusieron un cierre en la boca, cuando en el sexenio de Carlos Salinas, se ama fiaron con el gobierno para poder alcanzar alguna empresa en la subasta de privatizaciones que hicieron multimillonarios a un puñado, de la noche a la mañana, Carlos Slim, y casi mudos, sin voz con la que pudieran reclamar los excesos de aquellos gobiernos autoritarios y cómplices, le firmaron un cheque en blanco a Ernesto Zedillo para que con el “Fopabroa” les salvaran sus Bancos y sus quebradas empresas, con dinero público, a quienes fueron arrollados por el llamado Error de diciembre.

 

Parafraseando a José López Portillo, dijo “nos saquearon, nos volverán” a saquear y continuaron saqueándonos. Todo a cambio de su silencio, de no hacer olas, de dejar de liderar el justo y necesario equilibrio con el que se evitan los abusos del poder.

 

Ninguno de esos próceres corporativos alzó la voz cuando el panista Vicente Fox le entregó al PRI los restos de su gobierno, escriturados desde los acuerdos oscuros desde la presidencia compartida por Marta Sahagún.

 

Ni tampoco pusieron el grito en el cielo cuando el otro panista, Felipe Calderón, mal empleó en gasto corriente decenas de miles de millones de dólares de excedentes petroleros y tiñó de sangre al país para dejarle la ruta libre del territorio nacional a Genaro García Luna y al Cártel de Sinaloa.

 

Con el retorno del PRI con Enrique Peña Nieto, el mutis final se selló con las reformas estructurales, con los negocios de energéticos e infraestructura, que fueron correspondidos, entre muchos favores, con una mansión de la Casa Blanca.

 

Por eso, el México que hoy reclama a sus mejores hombres para la defensa de la legalidad, el respeto al Estado de Derecho solo encuentra en ellos sordo silencio. Los herederos de quienes forjaron los cimientos industriales, comerciales y financieros de esta nación durante el Siglo XX los que sí enfrentaban los abusos del poder ya claudicaron, bajo el pretexto de que las políticas no se meten.

 

Y se conforman con cabildear sus intereses o decidir el nombre de un joven, inexperto y ambicioso gobernador, sentados con sus cuates, en torno a una cómoda mesa de dominó o desde algún lujoso apartamento en España, a donde ya emigraron con todo y su nuevo pasaporte sefardí que le otorgó la ciudadanía española.

 

Para la mayoría de ellos, México es un caso perdido, indefendible, que va al precipicio, que no tiene salida. Para los millones de mexicanos que componen la mayoría silenciosa, no hay otra salida que continuar viendo el severo deterioro de su gobierno, de su país, del Estado de Derecho, de sus ingresos.

 

El narco avanza y el Estado retrocede, mientras, la minoría silenciada está aportando lo suyo para hacer de México el país (ad hoc), al tamaño y a la perpetuidad de las ambiciones de esos políticos autoritarios y soberbios, que lo que no se les da, lo arrebatan.