Los resultados objetivos y cuantitativos, en todos los frentes, no dan demasiado espacio para cantar victoria en ninguno de los escenarios posibles, frente a la 4T de López Obrador.

Las políticas para enfrentar el coronavirus han fracasado estrepitosamente, se han superado la cifra de los 40 mil muertos, en muchas personas, solo queda una sensación generalizada de confusión, caos, desespero, desamparo y desgobierno, pero más peligrosos son la ira, rabia e impotencia, justo en este momento de la historia, en un entorno de recorte de libertades públicas y de silencio o indiferencia de los actores políticos (el discurso de pésame para las familias de las victimas de COVID19 del presidente, llegó tarde) crea riesgos para la paz social y estabilidad institucional.

Por su parte el presidente, atina a decir una cosa y luego otra (contradiciendo todo lo dicho primeramente), no porque tenga otros datos, sino porque no puede aceptar que se equivoca, así pues tenemos un presidente hablador. 

En este contexto, la agenda política de la oposición no ha sabido aprovechar al máximo la coyuntura para avanzar en sus intereses personales (porque político que no busque su propio interés, no es político), el fracaso de la oposición al enfrentar un desafío que paradójicamente no tuvo origen en las carencias históricas del Estado.

El Gobierno se equivoca en creer que su principal desafío es la oposición.

El problema real es que la gente, el pueblo bueno y sabio, la sociedad, las clases populares –pongan el título que sea– pueda perder cualquier incentivo para respetar al gobierno de la 4T, para creerle a un presidente o para acatar a un Estado que les ha fallado de una manera tan catastrófica durante la pandemia.

El Presidente tiene dos opciones, como las tuvo el famoso emperador a quien convencieron de que quien no viera su costosísimo vestido nuevo era un ignorante o un incompetente. O acepta que lo están engañando sus sastres de confianza con el oscuro objetivo de mantenerse en el poder y que en realidad se encuentra totalmente desnudo, o desconoce la realidad y se comporta convencido de que está ciñendo elegantes prendas y, por lo tanto, quienes señalen su ausencia de vestiduras, sus empelotes, son unos ignorantes. Hasta ahora ha escogido a sus perversos sastres. Y cada vez más mexicanos se percatan, perplejos, de su desnudez.

 

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