Henos aquí, amables lectores, casi una semana después de las elecciones del 6 de Junio. Nos ha dado tiempo de procesar la información, de analizar los resultados, de alegrarnos por los triunfos de quienes queríamos que ganaran y de entristecernos por las derrotas que no deseábamos. Eso es, de hecho, lo que caracteriza a la democracia: no todo es para siempre ni todos ganan todo. A veces a unos les toca ganar y a veces perder. Eso ocurre también en el futbol, donde vimos lo que parecía imposible y contra natura: que ganara el Cruz Azul.

Si algo demostraron estas elecciones es que este país es demasiado complejo y plural como para que una sola persona lo represente, así se asuma como mesías y heroico salvador de la patria toda; también es claro que los mexicanos apuestan por la democracia y que utilizaron el poder de su voto para mandar el mensaje claro de que no es bien vista la concentración del poder en un par de manos, por muy presidenciales que sean. Así que, con todas sus imperfecciones, errores y necesidades de ajustes, la democracia mexicana salió muy bien librada de este proceso electoral, a pesar de tener estos elementos en contra: 1) la presencia (que al parecer no les importa a los gobiernos) de la delincuencia organizada, que estuvo muy lejos de “portarse bien”, como aseguró irresponsablemente el Presidente López el lunes; 2) los continuos ataques presidenciales al INE, que el domingo demostró que funciona, y funciona muy bien, en alianza con los ciudadanos; 3) el hecho de que, por tratarse de elecciones intermedias, generalmente concurren menos ciudadanos a votar, y ahora ocurrió lo contrario; 4) y finalmente, al hecho de que las elecciones se llevaron a cabo en medio de una pandemia que sigue viva y que aún está lejos de ser “domada”.

Por supuesto que también hubo algunos puntos negros: por ejemplo, el pésimo ejemplo de que los ciudadanos le hayan otorgado el voto a personajes de terrible reputación. Quizá el caso más grave sea el del candidato a gobernador del Partido Verde en San Luis Potosí, el apodado “Pollo” Ricardo Gallardo, quien tiene antecedentes penales, quien ha formado, junto con su familia, un cacicazgo en el municipio de Soledad de Graciano Sánchez y quien tiene cuentas pendientes con la Unidad de Inteligencia Financiera desde hace alrededor de un año. Otro caso es la gran cantidad de votos que recibió Carlos Hank Rhon, en Baja California, personaje de pasado tenebroso, o el emblemático caso de Guerrero, con el triunfo vergonzoso de la hija de Félix Salgado Macedonio. Creo que aún es una tarea pendiente alcanzar la madurez y la conciencia de responsabilidad de muchos de los electores y de los partidos, para que sean más cuidadosos en su selección de candidatos. No se trata solamente de ganar. Lo peor del caso es que esa política viene en algunas ocasiones dirigida desde el púlpito mañanero del Palacio Nacional.

En las elecciones del domingo pasado, no todos ganaron todo y no todos perdieron todo. MORENA y sus rémoras registraron un éxito rotundo en las elecciones por las gubernaturas, les fue más o menos en las de diputados federales y tuvieron que tragarse un doloroso fracaso en la Ciudad de México, lo cual ninguna encuesta previa (hasta donde yo sé) vio venir. La alianza PAN-PRI-PRD cosechó un excepcional éxito en la Ciudad de México, no le fue tan bien en las elecciones para diputados federales y fracasó de fea manera en la contienda por las gubernaturas. Pero si deshilamos un poco más fino, vemos que a unos dentro de cada coalición les fue mejor que a otros. El PRI, por ejemplo, apenas si creció un poco, muy poco, en comparación con las elecciones de 2018, y no logró conservar ninguna de las gubernaturas que tenía, quedándose sólo con cuatro. O sea, que los gobernadores del PRI pueden viajar, todos juntos, en un Atos. Los únicos gobernadores priistas que obtuvieron muy buenos resultados fueron el de Coahuila y el del Estado de México. Bueno, el de Oaxaca también obtuvo buenos resultados, pero para MORENA, que al parecer es ya su partido de adopción.

El PAN, a pesar de su crisis, obtuvo un respaldo más sólido de lo que esperaba, recuperando lo que otrora fue el famoso y efímero “corredor azul” y alimentando con sus votos al raquítico PRI y al moribundo PRD. Su falta de visión estratégica le hizo perder posiciones en Nuevo León y en Jalisco, mientras que lo que queda del PRD, en terapia intensiva desde hace tiempo, recibió una pequeña y caritativa bocanada de aire fresco que prolongará un poquito más su penosa agonía.

El Movimiento Ciudadano jugó, como siempre, para sí mismo; dependiendo de coyunturas locales, a veces le hizo el caldo gordo a MORENA debilitando a la oposición y a veces, aparentemente, jugó a ser oposición real, lo que se verá con su comportamiento una vez que sus candidatos ocupen sus curules y sus cargos obtenidos en el proceso electoral. Lo que es evidente es que hubo varias candidaturas que se hubiesen ganado frente al partido del gobierno si MC y la alianza PAN-PRI-PRD hubiesen marchado juntos.

Y en la alianza en torno a MORENA, tanto este partido como el PT vieron reducirse sus triunfos en las diputaciones federales y en los ayuntamientos, sobre todo en las ciudades grandes. Pero su otro aliado, el Partido Verde Ecologista de México (PVEM), que va alegre con ellos desde el 2019, resultó el gran ganador. Lo malo del caso es que este es, desde mi perspectiva, el partido más tramposo, irresponsable y convenenciero de todos (aún peor que el PT), es el que más fácilmente se vende al mejor postor, por lo que yo lo catalogaría como un “partido meretriz”. Ya fue amante del PAN, del PRI y ahora está muy a gusto retozando con MORENA. Y es precisamente este partido, que se ostenta como “verde” pero que no comparte programas ni ideales con los partidos verdes del mundo occidental, el gran ganador de las elecciones del pasado domingo.

Es muy probable que el verde obtenga poco más de 40 diputaciones en San Lázaro, lo que significa dar un brinco del 300%, pues ahora tiene sólo 11. Ningún otro partido creció de esta manera. La fuerza de estos cuarenta y tantos pseudoecologistas será tal, sobre todo en vista de que MORENA y el PT obtendrán menos diputados que en 2018, que podrá ser determinante para decidir sobre el sentido de una votación. Estos mercaderes de la política seguirán haciendo lo que mejor saben hacer: vender caro su amor, jugando ahora como “partido bisagra”. Recordemos que las causas ecologistas no son de su interés, como afirmó cínicamente uno de sus fundadores hace unos años, en Londres.

El partido verde es simplemente una empresa familiar que en nada ha enriquecido a la democracia mexicana; no tiene pensadores destacados, ni legisladores brillantes, ni se ha significado por sus participaciones parlamentarias o propuestas legislativas. Está para hacer montón, ganar dinero y levantar el dedo por aquel que de momento le convenga. Y para violar la ley electoral, por supuesto: en los más recientes procesos electorales, siempre ha comprado a celebridades de la farándula para que el día de las elecciones hagan propaganda del verde en las redes sociales, lo que está penado por la ley. Podremos estar o no de acuerdo con la ley, pero es la ley. Lo malo es que esta misma ley sólo contempla una multa y nada más, así que los verdes violan la ley, hacen propaganda, pagan la multa y todos contentos.

Y no podía ser de otra manera: ellos, los verdes, son quienes postularon al “narcopollo” Gallardo como candidato a la gubernatura de San Luis Potosí. Pero lo peor estuvo de parte de los electores, quienes le dieron el triunfo.         

Viene ahora la segunda parte del sexenio. Veremos si la oposición está a la altura del reto o si sigue desdibujada, con cartuchos quemados y sin encontrar su camino y su mensaje. Bien harían en buscar en sus orígenes las ideas fuerza que les dieron vida y tratar de adecuarlas al momento actual, aunque la mediocridad de sus dirigentes no prometa nada bueno. Tienen sobre todo una labor esencial, importante y urgente: nadar en contra de la corriente de la polarización y del encono alimentados desde la Presidencia de la República. El país es de todos, no sólo de unos muchos o de unos cuantos, y entre todos debemos contribuir a construirlo. Ya lo decía el filósofo jalisciense Efraín González Luna: “La patria es la casa de los padres en trance perpetuo de edificación”.