El poder es aquella facultad o capacidad para hacer algo y en el ámbito político se manifiesta o se ejerce de distinta manera: mermado, acotado, ampliado y sobre todo, el absoluto, como el que tendrá a partir del 1 de diciembre el futuro presidente de México, Andrés Manuel López Obrador.

 

Lo ocurrido el domingo pasado, fue la muestra de que todavía existe la confianza y apoyo ciudadano hacia determinados personajes, ya sea por afinidad ideológica, interés o simplemente porque a través de su voto castigan al partido en el gobierno.

 

Fortalecer o acotar el poder de un político siempre ha sido la polémica. La primera acción no sólo aumenta el margen de maniobra para un líder, sino que puede ser la semilla para que incurra en actos de corrupción, abusos y excesos; la segunda, permite mantener equilibrios democráticos por medio de fuerzas opositoras o instituciones autónomas.

 

Sin precedentes

 

De acuerdo con los últimos datos arrojados por el Programa de Resultados Electorales Preliminares del INE, López Obrador será el mandatario mexicano más votado en las décadas recientes, con el 52.9 por ciento (%) de los sufragios, sólo detrás del priista Miguel de la Madrid, que en 1982 obtuvo el 70.9 %.

 

Esta cifra obtenida por el tabasqueño, equivale a más de 24.1 millones de votos, número similar a la población total de Australia (de acuerdo con el conteo de esa nación en 2016). Por lo tanto, el “bono democrático” que arropa al fundador  de Morena le permitirá operar con holgura, sin contrapesos (reales) en el Congreso de la Unión ni en las entidades federativas.

 

Dudas y retos

 

La victoria de AMLO genera altas expectativas, debido a que en México nunca ha habido un gobierno de izquierda, lo cual genera dudas entre sus habitantes, tales como el manejo de la economía, la derogación (o no) de las reformas educativa y energética, pero también, exigencias claras como la lucha frontal a la corrupción, la inseguridad pública o el freno a la pobreza extrema.

 

El escenario político es ideal para López Obrador, ya que además de ganar por amplio margen en 31 de los 32 estados, llegará a su Toma de Protesta sin conflictos postelectorales de parte de sus adversarios, quienes la misma noche del 1 de julio reconocieron su derrota.

 

Camino “libre”

 

Tras la votación, tanto el PAN como el PRI quedaron “desfondados” gracias al “tsunami” obradorista que arrasó con la mayoría de los cargos federales y locales en disputa, lo que dejará a estos en una situación de vulnerabilidad, sin fichas para negociar leyes, reformas o presupuestos.

 

Otro elemento que no debe quedar de lado, es el terso proceso de transición que –al parecer- llevarán la administración entrante y saliente, lo que se traducirá en certeza política y por supuesto, económica (definida en la aprobación del Presupuesto de Ingresos 2019) de cara al arranque establecido en diciembre.

 

México está a unos meses de escribir un nuevo capítulo de su historia, a través un gobierno que llegará con la encomienda de lograr más justicia, igualdad social, distribución de la riqueza, mayor austeridad y eficacia, retos que intentará resolver ante la decepción que significaron el PAN y el PRI.

 

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