Con el rostro inmutable y la voz pausada, Ricardo Anaya Cortés se asume como el político incómodo para el sistema. A casi dos meses de haberlo instalado –desde la Procuraduría General de la República (PGR)– en el centro de una trama de corrupción y triangulaciones financieras con el propósito de enriquecerse, el queretano argumenta que el pueblo ya cayó en cuenta de las mentiras, acusaciones falsas y el montaje del cual ha sido objeto.