Los carniceros de hoy serán las reses del mañana, eso pasa precisamente con el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) que, durante cinco años, hizo de las suyas. Sus integrantes se conducían con una soberbia y frialdad, sintiéndose los illuminati de la educación mexicana. Se creyeron que su palabra era la última y más consagrada orden que a cualquier precio se tenía que ejecutar. El objetivo de su desenvainada guadaña evaluatoria, disfrazada por un examen cuadrado y confuso, fueron los maestros.

 

El INEE fue el medio que el Gobierno Federal usó para hacer valer la ley. Una ley punitiva que lesionaba de manera indigna los derechos laborales. Hoy, el INEE se encuentra desnudo, toda la sociedad mexicana se da cuenta de sus procacidades por percibir un salario vergonzoso y abultado en un país con más de 60 millones de pobres.

 

Al igual que muchos funcionarios de la arcaica clase política que validaron el Pacto por México, también se encuentra entre el descredito y la orfandad. Hoy el magisterio mexicano celebra la promesa de desaparición de este ente; es cierto que se puede rescatar algo, pero es muy poco. Hoy el INEE sólo alcanza a mirar cómo se prepara su sacrificio en el Congreso Federal, saben que de ahí vendrá el golpe final.