David García-Asenjo escribe la historia de la arquitectura religiosa de la segunda mitad del siglo XX en España como un manual de unas instrucciones de uso de su oficio

 

Sartre decía que al infierno se entraba a través de un saloncito burgués, estilo Segundo Imperio. Bien. ¿Y al cielo? ¿Por dónde se entra al cielo? En la época en la que Sartre escribió la frase (en 1944, el año de A puerta cerrada) empezó la historia que el arquitecto David García-Asenjo prepara en el libro Manifiesto arquitectónico paso a paso; un ensayo sobre la arquitectura contemporánea a través de las iglesias. El libro será un relato de la arquitectura religiosa en la España desde el franquismo hasta el siglo XXI pero, en el fondo, espera funcionar como un guía para los que no somos arquitectos. ¿Cómo relacionarnos con la obra de nuestro tiempo? ¿Con el patrimonio del siglo XX y con la idea de monumentalidad? ¿Cómo identificar lo valioso entre los destellos? Manifiesto arquitectónico paso a paso es, de momento, una campaña de crowfunding que estos días entra en su última fase. Si el desenlace es positivo, se convertirá en un ensayo editado por Libros.com.

 

"El punto de partida es mi tesis doctoral", explica García-Asenjo. "En el tribunal, Alberto Campo Baeza dijo que la tesis era también un manual para hacer y leer arquitectura. Ése aspecto es el que he querido subrayar en el libro". La obra religiosa de la generación de los Oíza, Fisac, Sota, Carvajal, la de sus alumnos y la de los alumnos de sus alumnos es, por tanto, la anécdota que nos ha de llevar hasta lo universal.

 

Un poco de contexto: después de la Guerra Civil, cuando los arquitectos del primer racionalismo se habían exiliado, habían caído en desgracia o se habían adaptado a los gustos historicistas del régimen, la generación nacida en las décadas de 1910 y 1920 tomó el relevo. Eran profesionales que no tenían nada de transgresores en su modo de vida (Coderch, Fisac y Carvajal, entre otros, fueron hombres de derechas de los de toda la vida), pero que sí fueron radicales e inconformistas en su oficio, aunque fuera con medios muy precarios al principio y a través de encargos modestos: casitas de urgencia para inmigrantes rurales, pueblos de colonización, parroquias de barrio...

 

Hay otra historia paralela que lleva hasta em>Manifiesto arquitectónico paso a paso: la de la Iglesia Católica que, después de la II Guerra Mundial, "ya alimentaba el caldo de cultivo que iba a dar el Concilio Vaticano II", según explica García Asenjo. "Había una conciencia de que la liturgia y la manera que tenía la iglesia de relacionarse con sus fieles necesitaban cambios". La teoría de García-Asenjo es que la arquitectura religiosa en Francia, Italia y Alemania fue la primera expresión y el acelerador que llevó a la iglesia hasta su nueva vida. "Le Corbusier hizo Ronchamp y el convento de La Tourette antes del Concilio; Mies van der Rohe también influyó en la iglesia alemana. Y hay órdenes como la de los dominicos que empezaron a demandar arquitectura contemporánea muy pronto".

 

La conclusión de estos dos procesos fue la aparición de un nuevo tipo de iglesias pensadas en torno a dos necesidades. Primero: crear espacios amplios en los que los parroquianos pudieran sentirse pueblo de Dios, pudieran ser asamblea. Y segundo: crear una nueva estética propicia para lo místico con los materiales y las posibilidades de la arquitectura de esa época. "Por una parte, es una idea de iglesia bastante protestante, muy centrada en la idea de la comunidad y en la que todo lo innecesario desaparece", explica García-Asenjo. "Y por otra, tiene mucho que ver con la tradición de la Iglesia Católica. La Iglesia siempre había generado la mejor arquitectura de cada época. Sólo en los siglos XVIII y XIX se había estancado en una idea anacrónica de sí misma, como si tuviera nostalgia de una imagen idílica del pasado". Bien. Pero a mucha gente le sigue gustando ir a rezar a las iglesias con su retablo y su planta en cruz. "Claro. Porque, a veces los cambios llegan muy deprisa y la sociedad necesita tiempo para asimilarlos".

 

¿Y el franquismo? ¿Cómo se llevaba con estas iglesias de hormigón y ladrillo? "Sólo hubo algún problema con el Santuario Aranzazu, de Oíza, porque Oteiza hizo un friso con 14 apóstoles y aquello era demasiado para algunos... Pero la suerte de toda esta generación es que el franquismo nunca llegó a tener una estética propia. Muy al principio hubo un historicismo franquista pero no cuajó del todo. Y, como no existía ese estilo oficial, hubo sitio para la arquitectura contemporánea.

 

Sólo falta hacer la pregunta de siempre, la que da sentido a Manifiesto arquitectónico paso a paso: ¿cómo saber si una arquitectura es valiosa o no? "El único tema verdaderamente importante de la arquitectura es la implantación de la obra en el lugar que ocupa. Si crea una continuidad interesante con los edificios que lo rodean, si ofrece recorridos agradables, si invita a entrar o expulsa...Todo lo demás es accesorio".