El escritor y cineasta presenta en el Museo del Prado 'El sueño de Malinche', un viaje al origen del cine desde el poder primigenio de la palabra

 

«Cada palabra tiene un presente autónomo. La palabra es un dispositivo. Tú dices luz y se ilumina algo». Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934) habla de cine como si moviera libros de una estantería a otra: tan pendiente de la gravedad y del peso como del polvo acumulado. Si conversa de literatura en cambio, entonces se arremanga las gafas y se aviene a mirar cada uno de los fotogramas al trasluz. No es que le guste despistar, simplemente no está hecho para los lugares estancos. «Mi vocación inicial», aclara para evitar ser confundido con un poeta, «siempre ha sido la de un explorador que no busca nada, ni siquiera las fuentes del Nilo». Y ahí, de momento, lo deja. Aunque volverá.

 

Hoy mismo, caída la tarde, presenta su último proyecto en el Museo del Prado. Es cine, claro, pero también literatura. Y, apurando, hasta pintura. Podría ser poesía, pero tampoco se trata de hacer daño. El sueño de Malinche, así se titula, narra el encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma, conquistador uno, rey de reyes el otro. Pero lo hace, y esto es lo importante, a través de la mujer dotada de un arma de secreto poder: la palabra. Y aquí, en efecto, conviene detenerse. «Hay que tener en cuenta que esta mujer», empieza doctoral, «se convirtió en la voz del conquistador. A Cortés, los indígenas le llamaban Malinche. Y, de hecho, nunca se sabrá qué de lo que ella decía era simple traducción o algo más. Ella hablaba y, en puridad, no se sabía con certeza de quién eran esas palabras... Paralelamente al fragor de las batallas, al asombro de los caballos, al estruendo de los cañones... aquellos hombres que se llegaron hasta el azteca, lo hicieron merced, otra vez, a la palabra».

 

Pues bien, justo al lado del argumento de lo narrado, se coloca la propia película (o artefacto), ella misma infectada de palabra; ella misma palabra. Dice Suárez que este último intento cinematográfico entronca directamente con lo ensayado ya a mediados de los 60. «Buscando alternativas al cine, la idea es encontrar un medio donde la literatura, la música y la cadencia de las imágenes se acerquen a la pintura como cada pincelada en los impresionistas prefigura el tema y la obra al completo».

 

Cuenta que lo primero fue la grabación de las voces. Y aquí, Luis Mendo, que también se encargaría de la música. Fueron dos años de grabación intermitente en la que puede pasar por la improvisación más larga y meditada de la historia. «Originalmente pensé en usar unas máscaras que ilustraran lo grabado. Hasta que, con la medicación de Joaquín García Quirós, mecenas en un cena [el pareado es de Suárez],descubrí al dibujante Pablo Auladell». Entonces, todo cobró sentido y El sueño de Malinche pasó a ser también una relectura milenaria del cuento eterno de Blancanieves a la vez que se convertía en un viaje entre mistérico y alucinado al origen mismo del cine.

 

«Me confieso un escritor que hace cine», comenta metódico. Y sigue: «En el cine siempre me ha inquietado que las imágenes escritas tuvieran la concreción de un actor determinado. Siempre lo he considerado una reducción de los personajes desencarnados que produce el ritmo de un texto. Por ello, me imagino la posibilidad de crear un cine cerca de una sensación musical o aún más cerca de la pintura impresionista o expresionista». ¿Anticine? Por qué no. Al fin y al cabo, pocos días como éste, con los Oscar de cuerpo presente, para un manifiesto contra todo.

Imagen de 'El suño de Malinche', que se estrena en el Museo del Prado.

 

Sea como sea, lo que cuenta es lo que viene antes. Antes incluso de todo lo anterior. Antes de la palabra misma. «Lo que mueve todo es el asombro del aquí y ahora, la caza desaforada del presente. Y eso ha sido así desde el principio. En las pinturas primitivas de Lascaux en las que se ve el movimiento detenido de un caballo ya estaba prefigurado el cine. Cine es cazar pájaros sin matarlos. Cine es cazar el movimiento», dice, se detiene y arroja sobre la mesa la única certeza de gravedad casi faústica: «Tecleando palabras tratas de contar mientras cuentas, cuando, en realidad, mientras cuentas lo que ha ocurrido está ya pasando otra cosa que no es la que cuentas. Está pasando que cuentas lo que estás contando». Si se lee otra vez se entiende y , si no, basta recuperar El Quijote en toda su insultante modernidad.

 

Gonzalo Suárez está convencido de que por el camino hemos extraviado algo. Malinche sabía del peso de sus palabras. Nosotros, confundidos por «la proliferación cancerosa y esquizofrénica» de la comunicación, hemos perdido quizá «ese hilo de Ariadna que es la palabra y que nos ayuda a atravesar el laberinto». Pero, pese a ello, se revuelve: «De todas formas, las imágenes son más ambiguas que las propias palabras. Las palabras son traicioneras, pero aún lo son más las imágenes que dependen por fuerza de una interpretación».

 

Recuerda Suárez que el escritor es el boxeador que pelea contra su sombra. O con un espejo. El cineasta, en cambio, necesita salir de sí, necesita una proyección. Necesita, en sentido radical, del sexo puesto que toda concreción exterior tiene que ver con él. «Buscar el origen es buscar el lugar de donde has salido. Nacemos por donde nacemos y eso nos condiciona. Mi pasión africana por la jungla y por las fuentes del Nilo están ahí prefigurados en el mismo nacimiento. No en balde, el sexo femenino, por lo menos antes, era parecido a las selvas africanas», dice, se ríe y vuelve a concitar a, quién si no, la palabra. La de Malinche, la del escritor, la del cineasta. La de la luz.