Este domingo se podrá conseguir con EL MUNDO 'Soldados de Salamina' donde el autor reflexiona sobre la memoria en torno a la Guerra Civil española

 

Dice Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres; 1962) que desde Soldados de Salamina (2001) sus libros «han sido en gran parte un combate contra la tiranía del presente y un intento de conocer y entender a fondo nuestra peor herencia, que es la guerra, para no repetirla». Este domingo se podrá conseguir esta novela por 5,95 euros gracias a la nueva colección de literatura bélica del diario.

 

  1. Cuando escribió Soldados de Salamina, ¿por qué decidió investigar sobre este tema?

 

  1. Me fascinó la anécdota del fallido fusilamiento de Rafael Sánchez Mazas junto a la frontera francesa, cómo el escritor, ideólogo de Falange y futuro ministro de Franco escapó de milagro a la muerte, y cómo uno de los milicianos que lo buscaba para matarlo o hacerlo prisionero le salvó la vida mirándole a los ojos. Esta historia me la contó su hijo, Rafael Sánchez Ferlosio; era una historia familiar, minúscula, muy oscura y olvidada. Me pregunté por qué ese soldado salva a Sánchez Mazas cuando todo conspira para que le mate o le haga prisionero y qué había en la mirada de esos dos enemigos que se cruzan en un instante crucial y se pierden de vista para siempre. Ése es el enigma central del libro; todo él es un intento de resolverlo.

 

  1. En su obra el hilo argumental suele ser una excusa (o un trasfondo) para reflexionar sobre grandes cuestiones: la verdad, la culpa, las víctimas, los verdugos... ¿qué le movía en este caso?

 

  1. Me movía el deseo de formular una pregunta compleja de la manera más compleja posible. Eso es para mí lo que hacen las novelas. Lo que ocurre es que en el proceso de formular esa pregunta se abordan inevitablemente asuntos de fondo. En este caso, quizá el central es el de la supervivencia de los muertos; es decir: el hecho de que los muertos no mueren del todo mientras hay alguien que los recuerda; o si lo prefiere: el hecho de que la memoria es el cielo de los que no creemos en el cielo.

 

  1. ¿Dónde está la línea que separa la ficción de la realidad?

 

  1. Como casi todos mis libros, éste trata de la búsqueda de la verdad. A diferencia de lo que ocurre en los thrillers convencionales, aquí no hay al final una respuesta, o al menos una respuesta clara, unívoca y taxativa -eso está prohibido en las novelas, como mínimo en las buenas novelas-, sino una respuesta ambigua, contradictoria, poliédrica, esencialmente irónica: en el fondo la respuesta es la propia búsqueda de una respuesta, la propia pregunta, el propio libro. Ésta no es una novela sin ficción o un relato real, aunque el narrador diga lo contrario. Mezcla la ficción con la realidad porque la ficción pura no existe, es un invento de quienes no saben lo que es la ficción.

 

  1. ¿Por qué la Guerra Civil y el Franquismo siguen tan vigentes en el debate actual? ¿Algún día superaremos ese trauma?

 

  1. Por supuesto que sí. Pero es normal que la guerra y todo lo que la rodea estén presentes, sencillamente porque todavía no son pasado. Ése es uno de los temas de la novela. Ésta se puede describir como la historia de un tipo de mi generación, una generación que, hacia principio de este siglo, estaba harta de tanto hablar de la guerra, un tipo que, como tantos entonces piensa que la guerra es ya algo tan ajeno y tan remoto como la batalla de Salamina, y que de repente, a medida que por azar investiga un oscuro y olvidado episodio de ella, se da cuenta de que está equivocado, de que el pasado -y sobre todo el pasado del que todavía hay memoria y testigos-, no ha pasado todavía, que es una dimensión del presente sin la cual el presente está mutilado, y descubre en ese pasado aparentemente remoto no sólo el sentido del presente de su país, sino el propio sentido de su vida.

 

  1. ¿Echa en falta intelectuales que no juzguen sino que traten de comprender?

 

  1. Es que juzgar es fácil, pero comprender no. Comprender no significa justificar, es lo contrario: darse los instrumentos para no volver a cometer los mismos errores. Ésa es, para mí, una de las funciones esenciales de la gran literatura, del gran arte, del gran pensamiento. De joven, creo que como reacción contra la llamada literatura comprometida -que me parecía populista y barata, mala literatura, en fin-, yo pensaba que la literatura no era útil, que era una pura operación intelectual apasionante, pero sin la menor trascendencia: un juego sofisticado; ahora estoy seguro de que eso no es verdad, de que la literatura es utilísima, siempre y cuando no pretenda serlo, eso sí: en el momento en que pretende serlo, se convierte en propaganda o pedagogía, y deja de ser literatura.

 

  1. ¿Qué piensa cuando se compara el presente con el periodo de entreguerras del siglo pasado?

 

  1. La historia nunca se repite exactamente, pero sí se repite con máscaras distintas, porque los seres humanos no aprendemos, como si quisiéramos darle la razón a Bernard Shaw, que escribió: «Lo único que se aprende de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia». Dicho esto, es evidente que, no ya en España sino en Occidente, después de la crisis de 2008 estamos incurriendo en muchos de los mismos errores en que incurrimos después de la crisis de 1929, y que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial. Por fortuna, ahora tenemos algunos mecanismos, como la Unión Europea, que -toco madera- impedirán que acabemos como entonces. Pero no le quepa duda: el nacionalpopulismo actual no es más que una máscara posmoderna -y de momento no tan letal- del totalitarismo de los años 30. Veremos.