El Fashion Institute of Technology (FIT) de Nueva York cumple 75 años este 2019. Ahora todos los museos programan exposiciones sobre moda, pero hasta hace poco el único que lo hacía era el museo del FIT, dirigido por Valerie Steele, que ha dedicado su carrera a escribir sobre moda desde una perspectiva sociológica y académica desde que fue ninguneada en Yale por interesarse en el tema. Se acaba de traducir al español una recopilación de sus artículos

 

Mientras hacía su posgrado en Yale, el profesor de Historia de Valerie Steele le preguntó de qué trataba su tesis. Ella contestó (estaban hablando en inglés): "Fashion". Al profesor pareció interesarle muchísimo el tema y repreguntó: "¿Enfocado en Italia o Alemania?". Ella se quedó algo estupefacta (¿se supone que ahora es cuando hablamos de Armani?), hasta que entendió la confusión: "No fascismo, fashion, moda. Como la moda de París", aclaró. "Oh", contestó el profesor, antes de darse media vuelta y esfumarse.

 

La anécdota ilustra lo que era una realidad hasta hace bien poco: la moda era vista como algo frívolo, no digna del mundo académico. La propia Steele, que desde que entró en Yale en 1978 se sintió fascinada por el tema (se especializó en la moda en la obra de impresionistas como Mary Cassatt y se doctoró con un análisis del erotismo en la moda victoriana), confiesa que durante mucho tiempo, ese interés coartó sus posibilidades de desarrollar una carrera académica normal. Pero le dio igual, fue luchando y haciéndose un hueco y en 1997 fue nombrada jefa de exposiciones del Museo del Fashion Institue of Technology de Nueva York (es directora desde 2003), que este año, por cierto, celebra su 75 aniversario.

 

Ahora todos los museos se atreven a programar exposiciones sobre arte y moda, pero el museo del FIT lleva 50 años haciéndolo, con estupendas muestras dedicadas al corsé, las musas de Proust, la moda gótica, el uniforme, el color rosa o la última en aterrizar en sus salas, dedicada a explorar la particular idiosincracia del estilo norteamericano.

 

Al frente del FIT, Steele se ha convertido en una popular divulgadora de la moda en su vertiente más sociológica, un poco como Pamela Golbin al frente del Museo de la Moda y el Textil del Louvre. Y estamos de enhorabuena porque sus lúcidos, rigurosos y divertidos artículos sobre moda y consumo, literatura, arte y cultura acaban de ser traducidos por primera vez al español de la mano de la editorial argentina Ampersand en el volumen Fashion Theory. Hacia una teoría cultural de la moda. Steele ha escrito sobre la moda y la muerte, Baudelaire y el dandismo, Nana de Édouard Manet o cuestiones como Por qué la gente odia la moda, donde recopila con mucha gracia todos los desprecios acumulados a lo largo de siglos: "La moda y la idiotez son eternas gemelas", decían los victorianos. "La moda es la hija dilecta del capitalismo", decía el New York Times (también Friedrich Engels) hace no demasiado. La moda es lujuria y soberbia, una incitación a la inmoralidad, un despilfarro de tiempo y dinero. La moda fomenta la anorexia, siguen diciendo muchos, que es tan lógico como decir que la música country causa adulterio y alcoholismo.

 

Volviendo a la anécdota del profesor de Yale que ignoró a la Steele estudiante. El episodio la indignó tanto que años después, en 1991, investigó y escribió un artículo sobre qué causa ese desdén académico hacia la ropa y esto es lo más divertido por qué visten tan mal los profesores universitarios. "No creo equivocarme si digo que los académicos estadounidenses son la franja ocupacional de clase media peor vestida del país. Pero vestirse, se visten", reflexiona Steele, que indagando en el tema halló varias respuestas a este curioso fenómeno. La primera es que para muchos docentes, existe una separación entre el cuerpo y la mente y que, por lo tanto, la ropa se percibe como algo material, no intelectual y por ello, indigno de consideración. En los circuitos más izquierdosos se va un paso más allá y se sigue asociando la moda con lo burgués. Es por eso que los (hoy) viejos "jóvenes del 68" se visten "agresivamente informales" y según las pesquisas de Steele, "se visten mal a propósito para dar clase".

 

La estudiada desidia hacia la vestimenta tiene también algo de moral religiosa, por eso muchos profesores se visten como párrocos rurales de la iglesia anglicana. Ellos acaban optando por el saco de tweed (raído y gastado, mucho mejor) y los jeans, que además "ofrecen la ventaja adicional de haber pertenecido en una época anterior al proletariado". Ellas son más de acabar sepultadas por lo que Steele define como "la tiranía de los tonos tierra", ropa asexuada que minimice todo rastro de erotismo. "¿Es posible que la manera de vestir perjudique la carrera profesional?", se preguntaba Steele en el artículo.