El libro de recuerdos mexicanos de la escritora montevideana reivindica una manera de entender la literatura sin principio ni final, de pen

sar el arte como un hilo de vida que nunca se extingue.

 

"La inepcia consiste en querer concluir", escribía Flaubert en una carta de mediados del siglo XIX, a pesar de que Gustave Flaubert, aunque estuviera de viaje por el norte de África, era el que sabía concluir y cerrar una historia mejor.

 

Ahora, mientras leo con atención, con momentos de irresistible fascinación, las prosas del exilio mexicano de Ida Vitale, 'Shakespeare Palace', me pregunto por ella, a la vuelta de sus andanzas de vida, siempre vitales, como su nombre lo indica, y marcadas por lo que ella define como "pesimismo precautorio", actitud conveniente para evitar la caída, el inevitable colapso. Y me digo que Vitale, en su poesía, en sus prosas de la memoria, no concluye nunca, como si se propusiera seguir al pie de la letra la frase escrita por Flaubert. En otras palabras, la precaución, la duda, la relativa distancia, son lo esencial de su escritura. En uno de sus mejores poemas, La palabra, escribía: "fabulosas en sí, promesas de sentidos posibles". La poeta usaba palabras abiertas y evitaba las conclusiones. Sabía que cerrar un texto literario, cediendo a la tentación de concluir, era detener el movimiento, el ritmo de la escritura. "Me abstengo", había escrito Michel de Montaigne en una de las vigas de su estudio en una torre de Aquitania, y comprendo que Ida Vitale lo sabía. En otras palabras, las prosas de 'Shakespeare Palace' son prosas de sabiduría, cosa rara en nuestro mundillo. Evitar las conclusiones y los cierres abruptos, en el proceso práctico de la escritura, es atentar contra el ritmo de la escritura, que es la música del lenguaje.

 

Machado de Assis, el gran clásico de la literatura brasileña, vecina cercana de la uruguaya, por razones obvias, decía que él tenía "cabeza de rumiante". Todos los escritores que Vitale ama tienen, como ella misma, cabezas de rumiante. Después de terminar sus textos, continúan rumiando la idea y llegando a prolongaciones, a bifurcaciones posibles. En las prosas de 'Shakespeare Palace', en su exploración interminable, en su masticar el sentido de las cosas, en la construcción de los mosaicos de su exilio en México, Vitale, sin pretender llevarnos a ninguna parte, nos lleva siempre lejos, y a veces nos abandona, desconcertados, extraviados. Como soy chileno de orillas del Pacífico sur, me atrae en especial la relación de la montevideana Ida Vitale con el mar, y con el océano de las palabras. En ese sentido, Vitale, sin intentar definirnos de manera definitiva el México de su exilio, nos entrega un Montevideo literario de siempre: el de los poetas franceses nacidos en Uruguay, y no son pocos: Jules Laforgue, Jules Supervielle, Lautréamont, cuyo nombre de hijo de funcionario del consulado francés era Isidore Ducasse, verdadero maestro de la poesía maldita del siglo XIX.

 

Claro está, Vitale, en su sabiduría a veces complicada, lo conoce todo y ha leído los fragmentos de Maldoror en que el narrador sostiene que el gran poeta del siglo XIX habrá conocido los grandes espacios del Río de la Plata del siglo pasado, con sus horizontes marítimos y sus cabalgatas. En sus cuentos de galerías cubiertas de París, Cortázar se imaginaba al joven Lautréamont desembarcando en Francia y buscando, entre la multitud de la rue Vivienne y sus alrededores, al joven montevideano nocturno que buscaba el sitio de la ejecución de la pena de muerte a un homicida francés. Asistimos a las órdenes de fuego y a los gritos de los mirones. Pero Vitale, que lo sabe todo, nunca está lejos de Cortázar. Cuando ha salido de todo, cita a Henri Michaux, el más sudamericano de los poetas franceses de su tiempo: "Mémoire n'est plus obstacle".

 

Vale decir que la memoria no impide nada, porque ella es una exploradora, una pescadora en las aguas revueltas del pasado, y a veces, si anda de suerte, pesca un mosaico, un fragmento iluminado y una persona, un hermoso perro de pelambre blanca, un colega amable y hasta adorable, como Bárbara Jacobs o como José de la Colina, a quien cuenta que conoció "en la Cuba aún no dictatorial", lo cual indica que no le tiene miedo, a pesar de sus precauciones, temores y reservas, a la incorrección política, miedo que José de la Colina sí sentía en estado agudo.

 

Ahora me digo que recomiendo en forma especial las despedidas del mar de la montevideana extraviada en rincones mexicanos, Ida Vitale. Ella desayunaba un café fuerte en una terraza del barrio de Carrasco, sintiendo el olor de la resaca salobre, bajaba por un camino de tierra rojiza, no sabemos si pensando en Julio Herrera y Reissig, en Delmira Agustini, en Felisberto Hernández. Encontraba filamentos de algas, los ponía en el fondo de una olla de agua hirviente, y comprendía que eran productos incomibles de la memoria. Conoció en sus jornadas mexicanas a Juan José Arreola (otra cabeza de rumiante, dicho sea de paso). Era una cabeza de Barrault, dice, y como conocí bastante a Jean Louis Barrault, el maravilloso Baptieste de 'Los hijos del Paraíso', la obra maestra del cine francés, me acuerdo de su cabellera rizada, de su cara pálida, de su nariz aguda, de sus ojillos penetrantes, y comprendo que Ida Vitale, a su manera, era universal, y describía la sonrisa irónica, esquiva, elegante, de Octavio Paz mejor que nadie, y después despertaba en la noche del Distrito Federal, en una callejuela empinada, con el olor de las resacas del barrio de Carrasco. Nosotros optamos más bien por quedarnos callados.

 

Y nuestra conclusión final, si es que se trata de concluir, a pesar de todo, es que Vitale, más que escritora de la memoria, es escritora del silencio, de la palabra que no se dice, del silencio. Como el silencio es uno de los elementos esenciales. La palabra de Ida Vitale, en buenas cuentas, es "música callada", para citar uno de los oxímoron mayores de la lengua española.