La National Gallery o los museos Smithsonian, víctimas colaterales de la represalia de Trump por el bloqueo de fondos para el muro con México

 

No es sólo que haya cerrado un tercio de la Administración Pública. También ha cerrado parte de la cultura en Estados Unidos. El resultado es que una oleada de exposiciones y actos culturales se han quedado, literalmente, cerrados al público.

 

Ése es el caso de la retrospectiva de la obra de la escultora Rachel Whiteread en la National Gallery, un museo que, tras estirar su presupuesto lo más posible después del cierre, tuvo que acabar echando el candado en enero. Las esculturas de Whiteread tuvieron que ser retiradas hace una semana por personal al que la National Gallery todavía no ha podido pagar. Otra exposición de Tintoretto en ese mismo centro, prevista para el mes de marzo, podría no celebrarse si, como parece muy probable, el cierre de la Administración se prolonga hasta entonces.

 

La clave de esta pequeña catástrofe cultural es que Donald Trump se ha negado a firmar autorizaciones presupuestarias para 13 departamentos públicos si el Congreso -controlado a medias por su partido y por la oposición- no le da 5.700 millones de dólares (5.000 millones de euros) para construir lo que primero iba a ser un muro y ahora es ya una verja en unos 370 kilómetros de la frontera con México. Eso implica que desde el 22 de diciembre esas instituciones no tienen presupuesto. Y, como suele ser habitual en esos casos, la cultura ha sido una de las primeras sacrificadas.

 

Los resultados del bloqueo son devastadores para Washington, una ciudad que tiene el mayor número de asientos de teatro en relación a su población de toda América del Norte, tras Nueva York y Toronto y que se beneficia enormemente del turismo cultural. En 2017, la ciudad recibió 22,8 millones de visitantes, muchos de los cuales aprovecharon para visitar la National Gallery, u otros museos o centros culturales. De esas instituciones, pocas son técnicamente parte del Estado federal -el equivalente, hasta cierto punto, de la Administración central en España- pero muchas reciben financiación de él.

 

Los 13 museos de la famosa Institución Smithsonian en Washington han cerrado, porque ese organismo, aunque es independiente, se financia con cargo al Estado federal. El Centro Kennedy de las Artes Escénicas, que junto con el Lincoln de Nueva York es el más importante del país, ha tenido que recortar sus horas de apertura al público porque, aunque su programación se basa en fondos privados, una parte de su mantenimiento corre a cargo de las cuentas del Estado. Lo mismo que el Teatro Ford. Ambos habían puesto en práctica la misma táctica que algunos museos del Smithsonian: extender sus actividades más allá del momento en el que se quedaron sin fondos, la víspera de Nochebuena, a base de estirar el presupuesto y de echar mano de reservas. Por cerrar, ha cerrado hasta el parque zoológico de la capital, que es parte de la Institución Smithsonian.

 

Incluso los museos privados han tenido que adaptarse al cierre de la Administración. El Newseum, especializado en periodismo, es uno de los pocos que permanece abierto, porque no depende del Estado. Pero la dirección del centro ha decidido que los empleados públicos pueden entrar gratis. La cultura, así, es una víctima ignorada del cierre de la Administración.