En diciembre, el artista argentino Elian Chali pintó la gran fachada industrial para llenarla de color y geometría: franjas de amarillo, verde y azul sobre un fondo negro. Es la nueva identidad visual de la Bostik, sede del colectivo Difusor, que en 2016 celebró aquí la última edición del festival Open Walls y la ha convertido en su cuartel general.

 

- El objetivo es crear un centro de arte urbano. Barcelona fue la meca del street art y luego un desierto. Todo empezó con la ordenanza de civismo, que multaba y consideraba vandalismo cualquier forma de pintura sobre la pared. En 2006 fundamos la asociación Difusor ante la necesidad de encontrar espacios y fórmulas para poder pintar en la calle.Pero la reflexión va más allá: se trata de cómo usamos y gestionamos el espacio público, de la libertad de expresión.

 

Habla Xavier Ballaz, director de Difusor y psicólogo social. Reivindica el street art como una herramienta de integración que ayuda a combatir la discriminación y la xenofobia, une comunidades y crea barrio. A su lado, Ana Manaia, antropólogay gestora cultural, resalta cómo han trabajado con los alumnos de P5 de la vecina Escola 30 Passos:

 

Ana Manaia y Xavier Ballaz, responsables del colectivo Difusor, en la terraza de la Bostik, frente al mural de Sixe Paredes. ANTONIO MORENO

 

- Los niños han seguido la creación del mural de Elian Chali, que ven desde su patio. Al usar formas geométricas y colores primarios, la obra de Chali les llegaba fácilmente. En uno de los talleres, ellos mismos jugaban a pintar la fachada sobre mesas de luz, combinando figuras y colores.

 

La complicidad con el barrio es fundamental para Difusor, ya desde su primer festival en 2007, en el Espai Jove Boca Nord, que dejó murales en todo el distrito de Horta-Guinardó. Desde Difusor han expandido los murales por toda la ciudad, han organizado debates en el CCCB(la Open Walls Conference) y han montado Unlock, la primera feria editorial sobre street art (que ya piensan en repetir). Y en la Bostik están escribiendo la historia del propio barrio, como en el simbólico La Sagrerina, un mural de la artista polaca Magda Cwik, que ha reinterpretado un icono, la geganta de las fiestas mayores: una joven payesa que cada día iba a buscar agua a la fuente y allí conoció a su amado. «Todos los muros pueden reflejar historias y lanzar mensajes. En La Sagrerina he combinado elementos y símbolos del barrio», cuenta Cwik, que a su heroína popular le ha bordado una banda en la que se lee Fet a la Sagrera, además de un mosaico de tapones de Vichy Catalán que remiten al elemento acuático. De hecho, los colores de su obra desbordan el muro y caen al suelo, inundándolo como si fuese el agua de la fuente. Todo en una lisérgica explosión de abstracción pop, con un toque surrealista.

 

Murales de Spogo y Dina Saadi. ANTONIO MORENO

 

En la Bostik conviven todos los estilos posibles, del graffiti más salvaje a las composiciones más delicadas y pictóricas, de los iconos-chupete del histórico Xumet Negre a las obras más analíticas y críticas de Sam3. El artista Miquel Wert, vecino de plaza Maragall, fue de los primeros en dejar su huella, cuando los muros de la fábrica aún eran grises. Abrió una ventana en la pared con un mural intimista, frágil, que parece pintado al carboncillo: una chica, de espaldas, se recoge el pelo.«Quería crear un contraste entre el bullicio de la urbe y una imagen cotidiana, tranquila», explica, contento de haber dejado un rastro en un barrio que aún es barrio, que ha escapado de la gentrificación y del turismo. «Es un lugar cero hipster, en el que puedes ir a comer a un bar y encontrarte con las iaies», destaca Wert.

 

Fue un sagrerino de toda la vida el que se empeñó en recuperar la Bostik: el arquitecto y fotógrafo Xavier Basiana, un personaje fundamental para entender el barrio:

Una reina africana de Gernic y Tyrion Lannister de Axe Colours. ANTONIO MORENO

 

- Cuando Barcelona estaba inmersa en la preparación de los Juegos Olímpicos ya presentamos un estudio junto a Norma Foster para que hubiera una estación de AVE en la Sagrera y se ordenara el entorno urbano. Aquí, la planificación urbanística siempre ha pasado de largo. Cuando años después el Ayuntamiento anunció la estación se generó mucha expectativa en el barrio, que esperaba que llegaran más equipamientos. Pero el proyecto se ha ido paralizando y los equipamientos nunca han llegado. La situación política entre España y Cataluña tampoco ayuda.

 

En el desierto cultural que era la Sagrera -«sólo había un centro cívico, La Barraca», recuerda-, Basiana recuperó la antigua fábrica de pinturas Ivanow en 1999 y la transformó en un centro creativo, un local de ensayo para compañías, en el que podía suceder cualquier cosa. En el 2010 se integró en la red de Fábricas de Creación del Ayuntamiento.

 

- La Ivanow fue un referente. Pero ahora algunos vecinos opinan que se ha burocratizado un poco. Se ha especializado en artes escénicas y ya no es tan abierta como antes... Es lo que queremos evitar aquí, en la Bostik. Este espacio de 6.000 metros cuadrados está abierto a todos, lo gestionamos a través de una asociación y no tiene que perder este carácter comunitario.

 

En 2015, cuando la Bostik ya llevaba abandonada casi 10 años, Basiana consiguió el permiso de la propiedad y entró con un equipo de voluntarios para limpiar la fábrica. Se instalaron talleres de artistas y laboratorios fotográficos, además de habilitar salas de exposiciones. Y el proyecto Bostik Murals de Difusor ha dado una nueva dimensión a la nave.