Los Templarios sedujeron a Alfonso I de Aragón y a los nobles catalanes Ramón Berenguer III y Ramón Berenguer IV. El testamento en favor de la misteriosa orden es el embrión de la Corona de Aragón y de lo que siglos después se convirtió en España

 

Se podría pensar que todo comenzó en 1132 con el sorprendente testamento de Alfonso I de Aragón, el rey Batallador:

 

"Asimismo para después de mi muerte, dejo por mi heredero y sucesor, al Sepulcro del Señor, (...) y (...) al Hospital de los pobres que hay en Jerusalén; y al templo del Señor (...) para defender el nombre de la Cristiandad. A estos tres concedo todo mi reino".

 

Ciertamente, que el rey de Pamplona y Aragón -muerto dos años después de redactar estas últimas voluntades- legara su reino a unas órdenes religioso-militares (Santo Sepulcro, Hospitalarios y Templarios) creadas poco antes y con escasa implantación en la Península no podía dejar de sorprender e indignar a quienes esperaban beneficiarse de la muerte de un rey sin hijos. Pero el caso es que el Temple, fundado 15 años antes en Tierra Santa, no era en 1134 desconocido para los monarcas y nobles de la Península.

 

Creada en Jerusalén en 1119 por un puñado de nobles franceses que obtuvieron el apoyo del rey Balduino II y del Patriarca de Jerusalén Warmundo y con el objetivo de defender a los peregrinos cristianos de los ataques de los musulmanes, la Orden pronto se dio cuenta de que, para cumplir su misión, requería financiación que sólo los grandes señores europeos podían proporcionarle. Por ello, ya en 1127 su primer Gran Maestre y fundador, Hugo de Payens, es enviado a Francia e Inglaterra para obtener fondos, y esta visita resulta muy fructífera. En Inglaterra, por ejemplo, fundó las primeras casas de la Orden (la de Londres y la de Escocia, en Midlothian), y en Francia -donde gracias al decidido apoyo del influyente Bernardo de Claraval la Orden era ya respetada y conocida- fue ayudado por la monarquía y la nobleza francesa con freires, fondos, tierras y encomiendas.

 

Y es ya durante esta primera visita cuando algunos freires templarios dirigen su atención a la Península Ibérica. Algunas décadas antes el papado ya se había mostrado dispuesto a considerar la lucha contra los musulmanes en la Península como otra forma de cruzada. La toma de Toledo el 25 de mayo de 1085 fue celebrada casi con tanto júbilo como luego lo sería la de Jerusalén 14 años más tarde, y de hecho en la conquista (o reconquista) de Lisboa en 1147 participaron caballeros cruzados de camino a Jerusalén. Es en este contexto de emulación de la cruzada en Tierra Santa en el que los templarios se despliegan por la Península. En el oeste encontrarán el decisivo apoyo de Teresa Alfónsez, la condesa de Portugal, que les cede el castillo de Soures en 1128. Y en el este hallan una gran acogida en Aragón y Cataluña, tanto por parte del monarca batallador Alfonso I como por el conde de Barcelona Ramón Berenguer III.

 

Conocido como el Grande, Ramón Berenguer III fue, como el aragonés Alfonso, un audaz gobernante dotado del pragmatismo tan característico de la época: a pesar de luchar contra el Islam, pactaba con cristianos y musulmanes según sus necesidades, ignorando fundamentalismos religiosos. Así, tuvo por un tiempo como gran enemigo a nada menos que Rodrigo Díaz, el Cid Campeador, contra quien guerreó hasta que finalmente sellaron la paz a través del matrimonio del conde de Barcelona con una de las hijas del Cid, María Rodríguez (esto es, María la hija de Rodrigo). Bastante más joven que el héroe de Vivar, Berenguer compartía con éste ardor guerrero y entrega militar, y así emprendió campañas contra el Islam entre las que sobresale la celebrada conquista de Mallorca de 1115 (aunque los musulmanes la reconquistaron meses después). Soberano medieval de corte caballeresco, Ramón Berenguer se sintió irresistiblemente atraído por los ideales del Temple.

 

El tercer conde de Barcelona ya sabía de la existencia de la Orden en 1126, e incluso pudo tener noticia de ella antes, entre 1123 y 1125, dado que su amigo Gastón IV de Bearne participó con honores en la Primera Cruzada, al término de la cual se creó el Temple. De hecho, la estrecha relación personal y político-militar existente entre el oscense Alfonso I, el bearnés Gastón IV y el catalán (aunque nacido en Rodez) Ramón Berenguer III, todos contemporáneos y señores de territorios muy próximos cuando no colindantes, explica que los tres cayeran igualmente fascinados por la naturaleza religiosa y militar de los caballeros templarios.

El Temple, la institución idónea para enfrentarse a la amenaza almorávide

 

La situación política que compartían en el primer tercio del siglo XII, basada en la existencia de fronteras difusas y ambiguas alianzas, propiciaba que la existencia de una institución inter, o supra, nacional como el Temple fuera recibida con especial interés. Así, Ramón Berenguer III -como Alfonso I o Gastón IV- contribuyó a la implantación del Temple en su condado, y las pruebas incontestables de su vinculación con los freires son su ordenación como caballero templario en 1130 (en ceremonia oficiada por Hugo de Rigaud, Maestre del Languedoc), y poco después la redacción de su testamento a favor de la Orden. En estas sus últimas voluntades legaba su armadura, su caballo de batalla y el castillo de Grañena de Cervera a los templarios, lo que no tardó en ejecutarse pues murió en 1131.

 

Pero, ¿qué pudo llevar a Ramón Berenguer III a tomar esta decisión? Por un lado, no debemos descartar una preocupación religiosa, casi supersticiosa para algunos, relacionada con su ansiedad ante la proximidad de la muerte. A diferencia de Gastón IV o de Raimundo IV de Tolosa (que participaron de forma destacada en la Primera Cruzada y también combatieron a los musulmanes en la Península), Ramón Berenguer no pudo permitirse abandonar sus territorios catalanes para acudir a la Cruzada y así expiar sus pecados luchando por la Cristiandad. Ingresar en una de las nuevas órdenes religioso-militares debía parecer a muchos señores medievales peninsulares, como el conde de Barcelona o el rey de Aragón, la forma más sencilla de compensar ese déficit. Pero también hay un componente menos simbólico, o más tangible: como él mismo explica en su testamento, la Orden ya parecía ser entonces la institución idónea para enfrentarse a la temible amenaza que suponían para el Levante peninsular los almorávides (quienes por cierto también eran originalmente monjes-guerreros).

 

Su sucesor al frente del condado de Barcelona, su hijo Ramón Berenguer IV, igualmente atraído por la Orden, reforzó la estrecha relación entre el Temple y los condes de Barcelona y también fue ordenado freire como su padre (ad terminum, o temporal, en su caso), lo que le sirvió para ser nombrado mediador en la negociación del testamento del rey Alfonso con el Temple. Pero a pesar de su vinculación templaria, lo que tal vez no esperaba el conde de Barcelona era verse beneficiado por la sorprendente decisión testamentaria de Alfonso I. En efecto, al negarse la nobleza aragonesa y pamplonesa a reconocer la decisión de Alfonso de dejar su reino a las órdenes religioso-militares se busca una solución que guarde visos de legitimidad y aparente respetar las últimas voluntades del rey aragonés. El matrimonio de Ramón Berenguer IV con Petronila, la hija de un año de edad del hermano de Alfonso, Ramiro el Monje, permite que el conde de Barcelona se convierta en dominador y prínceps (que no 'rey', al no pertenecer a la casa real) de una nueva y formidable entidad política que duraría siglos, la Corona de Aragón.

 

Es así como surge esta institución de enorme repercusión histórica en el devenir de los reinos hispánicos y de lo que siglos después conoceremos como España. Fue, sin duda, consecuencia indirecta de la irrupción estrepitosa de la Orden del Temple en la Península, de la decisión pionera de profesar en la Orden de dos condes de Barcelona, y de la última voluntad de un rey aragonés con espíritu templario.

 

Jesús López-Peláez Casellas es catedrático de la Universidad de Jaén y autor del libro 'Las fortalezas de Dios. Un recorrido por los castillos templarios de los reinos de España' (Espasa. 2018)