Veinte años después el autor teatral y guionista regresa al género con una novela negra ambientada en su ciudad natal en tiempos de la Ley Seca

 

En la página 192 de su novela Chicago, David Mamet escribe el siguiente diálogo sostenido entre dos periodistas sobre el síndrome del bloqueo del escritor.

 

"-No estoy bloqueado --dijo Mike.

 

-Bien, porque es una enfermedad de ricos y sabe Dios que tú no puedes permitírtela".

 

Nosotros no nos la podemos permitir [la enfermedad] y David Mamet, aunque sea rico, tampoco. Su razón: pedir cuentas al mundo; la nuestra, contentar al jefe que nos encarga este artículo. Mamet tiene sus días, como todos, pero cuando los tiene es un reguero de coraje y mala leche. Un día de esos atiza a Hollywood (véase su ensayo Bambi vs. Godzilla y su reciente obra de teatro sobre el magnate-violador Harvey Weinstein) y otro reivindica en voz alta sus contradicciones.

 

Esto último le dignifica -estemos o no de acuerdo con sus opiniones- porque a la élite cultureta, sea en Estados Unidos, España o Guinea-Conakry, nunca le ha gustado demasiado que la gente cambie de opinión. Pero a él todo eso le da un poco igual. Si tienes un Pulitzer, varias nominaciones a los Oscar y una butaca dorada en Broadway te tienen que preocupar pocas cosas en esta vida. Así que Mamet se permite cabrear de vez en cuando a mucha gente. Como, por ejemplo, cuando publicó un texto de 2.500 palabras titulado Why I am No longer a 'Brain-Dead Liberal', cuya traducción podría ser 'Por qué he dejado de ser un progre con encefalograma plano'. Un incendio en el establishment cultural de EEUU.

 

Con estos antecedentes, David Mamet (Chicago, 1947) regresa a la novela tras 20 años de silencio. Es cierto que en Chicago (editada por RBA) abandona su zona de confort del teatro y el guión, pero no lo hace tampoco saltando al vacío. Regresa a la ciudad que mejor conoce entre tiros y prostitutas --él vive en la más tranquila Nueva Inglaterra-, de la época de la Ley Seca. Uno cree que este género lo cultiva más por capricho que por interés literario. Mamet es infinitamente mejor dialoguista que narrador. Este libro lo confirma.

 

Chicago es una ciudad con tanta personalidad como Mamet, que aún hoy se enfrenta a puñetazos con el ombliguismo cultural de Nueva York y el show business de Los Ángeles. Chicago es, en ciertos sentidos, un fraude (su grandeza nació en un incendio y de un pelotazo ferroviario) que esconde muchos muertos en el maletero.

 

Su arquitectura es más fina que la de Manhattan y sus mataderos inspiraron la línea de montaje de los coches de Henry Ford. Por eso y más cosas es la madre del capitalismo y de Al Capone (puede que ambas cosas sean lo mismo). Eso Mamet lo sabe y su libro es carnívoro en lenguaje y sexo. Como lo eran el periodismo, los gangsters y las plantas de ganado vacuno de aquel Chicago que tuvo que conocer su familia cuando emigró desde Rusia.

 

La historia noir de Chicago es la de un reportero del Tribune y ex piloto de guerra que, preso del dolor y el alcoholismo, se dedica a investigar por su cuenta el asesinato de su chica. Mamet conoce bien la mitología de una ciudad resplandeciente y peligrosa que ya trató en el guion deLos Intocables de Eliot Ness (1987) que dirigió Brian de Palma.

 

Cuando Rafael Azcona dijo que el problema de los guionistas actuales era que no viajaban en autobús y ya no leían el alma del país, tenía razón. No saben describir cómo suena un móvil a toda tralla de reguetón en la línea 9 ni el pudor que siente un sesentón cuando una adolescente guapa le cede gentilmente su asiento.

 

Mamet, que nació en un barrio judío que lindaba con la brisa helada del lago Michigan, es de la escuela callejera que no cayó en las burbujas de las academias fancy de cine y teatro. Ha mascado mucha metralla y eso es lo que salva su literatura del tedio profiláctico. Mamet sigue viajando en autobús.

 

Antes de ser el dramaturgo más importante de su generación, Mamet forjó sus callos en el extrarradio de la máquina de escribir. Fue camarero, taxista, marino mercante y agente inmobiliario (aún recordamos las cuchilladas de los vendedores de su obra Glengarry Glen Ross). Sabedor del protocolo del mundo, se ha relacionado de igual manera con el lumpen como con la aristocracia dando clases en la prisión de Pontiac y en la exclusiva Universidad de Chicago. Navega bien entre ambos mundos. Y, sobre todo, es capaz de cabrearlos por igual.