En los últimos años, la actriz ha sufrido una depresión, se ha divorciado, murieron su hermano y su madre, una operación pudo dejarla en silla de ruedas... Todos esos palos la han transformado. Ahora, rueda en inglés y hace teatro de vanguardia

 

Verónica Forqué llega 40 minutos tarde a su cita en el Teatro Español y, adiós divismos, lo primero que hace es disculparse con esa voz de cascabeles, que sigue sonando ingenua aunque ella ya sea perra vieja en su oficio. «Qué apuro he pasado. Madrid está imposible», se queja sin mentar a Carmena. «Los chicos vienen en el Metro porque viven en el centro, pero ¿cómo voy yo a venir desde Pozuelo en Metro? Aparte, no lo cojo desde hace años porque a mí me mira mucho la gente y me da corte». Ella ya se ha preparado para Madrid Central. «Me compré un coche híbrido este verano y el otro, que tenía ya 18 años, se lo regalé a mi asistenta pero le digo: '¡Ten cuidado Begoña que el Volvo corre mucho aunque esté viejo!'».

 

Pese al tráfico, Forqué sonríe. El jueves estrena en este teatro Los cuerpos perdidos, su primer acercamiento al teatro de vanguardia. «Lo más parecido que había hecho eran los números de ¡Ay, Carmela!». Además, acaba de rodar su primera película en inglés, Remember Me. «Rodamos en Nueva York. Yo tengo un papel muy mono, Mrs. Vargas, y tuve mis escenas con Bruce Dern, el de Nebraska. Me hizo una ilusión tremenda cuando me dijeron que iba a grabar mis escenas con él».

 

Performática y haciendo las Américas a sus 62 años, así es la nueva Verónica Forqué. Y es que la actriz tiene la sensación de estar comenzando una etapa. «Me siento otra vez fuerte». Los últimos años han sido muy duros para ella. «Primero tuve una depresión muy grande en 2014. Después, me separé de mi pareja de 34 años, Manolo [Iborra] una persona maravillosa pero la vida te lleva por otros caminos. Luego, murió mi hermano Álvaro que era la luz de mi vida, al que quería y quiero con todo mi corazón. Después, mi mamá murió en marzo con 94 años...». A estos mazazos se sumaron problemas de salud. «Tenía una lesión congénita en la espalda y hubo que operarme de una vértebra. Lo pasé fatal, creía que me iba a quedar en una silla de ruedas como Bertolucci. Pasé mucho miedo pensando que mi vida se había terminado, que no iba a poder volver a trabajar pero todo ha salido bien. Así que estos palos de la vida me han dado una gran sensación de agradecimiento, de decir: "Voy a tirar adelante hasta que me vaya del todo"».

 

Con esa nueva actitud, Forqué ha decidido enfrentarse a nuevos retos. Cuando la directora Carlota Ferrer, una mujer que ha convertido a Eusebio Poncela en Bernarda Alba y ha travestido a Imanol Arias con bata de cola, le propuso participar en Los cuerpos perdidos, no lo dudó. «Dije que sí a ciegas. Me hacía ilusión que esta chica tan moderna me llamara, Me encanta su trabajo».

 

Ahora, tampoco se arrepiente pese a que tiene los brazos y los piernas llenos de hematomas. «Nos revolcamos por el suelo como croquetas. No sabes lo que sudamos». También cantan. Junto a sus compañeros entona La llorona, de Chavela Vargas, al final del espectáculo.

 

La función, escrita por José Manuel Mora, cómplice habitual de Ferrer, aborda los terribles feminicidios de Ciudad Juárez, un tema que conmovió a la actriz desde que lo leyó en la prensa por primera vez. «El narcotráfico es algo terrorífico e invade ese país de un forma muy evidente. Esto unido al poder, al sexo, a las drogas, al machismo y a esos valores tan violentos ha propiciado lo de Ciudad Juárez. Las chicas se convierten en juguetes para pasarlo bien. Es terrible».

 

Para acabar con esta lacra, Forqué tiene clara la receta. «Yo soy una ciudadana normal y corriente pero la gente que tiene mucho más poder que yo sabe perfectamente el origen de las mafias y qué caminos habría que recorrer para terminar con ellas. Uno sin duda es legalizar las drogas blandas. La marihuana habría que venderla en las farmacias con receta médica porque debe haber un control. Pero el que ha decidido en su vida tomar heroína y es mayor de edad... pues oye es su vida. Suena muy duro pero es que la va a consumir igual y de peor calidad. Parece que la única solución para acabar los traficantes es pillarlos, ¿no se nos ocurre ir a la raíz del problema?».

 

La violencia contra las mujeres es la otra pata sobre la que se sustenta Los cuerpos perdidos. Forqué tiene claro que se ha llegado a un punto de no retorno. No se pueden consentir más abusos. «Hay momentos donde las cosas explotan, donde hay una última gota que te hace decir: "Ya está bien". Y como sociedad, el juicio a la manada ha provocado esto. Nos hemos unido todas porque esto no puede consentirse».

 

En ese sentido, ahora cuesta imaginar que se pudiera rodar una escena como la violación de Kika, una película de Almodóvar por la que ganó su último Goya (además, tiene dos cabezones por Moros y Cristianos y El año de las luces). En la secuencia, Paul Bazo, un actor porno escapado de prisión, viola a su personaje con un tono cómico que hoy sería difícil de concebir. "Cuando estrenamos la película en Francia ya hubo críticas feministas y de eso hace 20 años. Pedro estaba muy disgustado, pobre. Él que lo hace todo desde la ternura más absoluta... De todas formas, yo es que creo que los artistas deben ser totalmente libres. No creo que el creador deba tener ningún tipo de límite".

 

Sin embargo, la tendencia actual en la escena es precisamente la contraria. A Pasqual una acusación de acoso le costó el cargo en el Lliure y el mítico Jan Fabre acaba de ser acusado por una veintena de sus performers de acoso sexual. "Me parece completamente ridículo. Uno ya se huele un poco las cosas. Sabes que ese hombre te va a poner a trabajar en pelotillas y si no quieres pues le dices:'Mire usted señor Fabre ya me quedo en casa, que me veo barriga'. Y te vas. A mí es que lo del desnudo me parece una ridiculez, nadie se puede escandalizar por ver un cuerpo desnudo hoy en día. Yo estoy totalmente en contra de prohibir cualquier cosa a los creadores".

 

En ese sentido, Verónica Forqué tiene a una auténtica artista del desnudo en su casa. Su hija María Forqué se ha convertido en una vanguardista artista, que no tiene pudor en retratarse tal y como su madre, sí la entrevistada, la trajo al mundo. "Yo al principio estaba muerta de miedo, pensaba: 'Ay, esta criatura todo el día en bolas'. Ella me decía: "Mami, me voy a hacer una foto'. Y yo respondía: '¿Pero vestida?'. Y se iba muerta de risa. La verdad es que da lo mismo. Ella es una chica tan buena, tan inteligente, conectamos tan bien en un sentido espiritual profundo... que yo ya sólo quiero que siga su camino y sea feliz. Ahora hace mucho de DJ, incluso en Estados Unidos".

 

María Forqué es el último eslabón de una saga de mujeres liberales y con un delicioso punto excéntrico, como la propia Verónica Forqué y su madre, la escritora Carmen Vázquez-Vigo. "Mamá publicó unos 30 títulos de literatura infantil y ganó premios por ello. Tenía un gran sentido del humor. Como yo, no era católica pero creía en la naturaleza y en la bondad de la creación. Ella se vino de Argentina con 24 años y se trajo un libro de yoga, que entonces estaba prohibido en España. Con 9 años yo me iba a su cuarto y hacía yoga con ella. Me siento muy agradecida por lo que me ha dado. Ahora, estamos mi hija María y yo y nos toca cuidar a nuestros seres queridos, que ya no están".