La literatura plantea preguntas, es el dogma que da respuestas y por eso el dogma es peligroso. El dogma cierra puertas, la literatura las abre y no le da la posibilidad de escaparse del mundo sino que lo empuja al mundo y le dice ‘enfréntate a él’. El dogma dice no te preocupes, yo te doy las respuestas, no necesitas pensar por ti mismo, señala

 

El escritor, editor y crítico literario Alberto Manguel (Buenos Aires, Argentina, 1948) es una persona a la que le gustan las rutinas, es alguien que se siente optimista con la existencia de lectores y es un promotor que ama las bibliotecas por ser un lugar donde se desvanece la sociedad del consumo. El también Premio Internacional Alfonso Reyes 2018 conversó con Crónica en el marco de la 38 Feria Internacional del Libro de Oaxaca (FILO).

 

“Mientras me pongo más viejo me gustan más las rutinas. Con el paso del tiempo creo haber entendido que las experiencias que considero importantes en lectura, amistades, recorridos de lugares, son más ricas de las que creemos cuando tenemos esa experiencia”, comenta.

 

Manguel disfruta revisitar sus experiencias porque las traduce en profundidad. “De la misma manera en que prefiero tener conversaciones con amigos de muchos años porque no tenemos que presentarnos y no tenemos que explicarnos porque eso ya está, me sucede lo mismo con los libros y con los lugares. Me gustaría vivir en un lugar, leer libros y estar con amigos que pueda recorrer a ciegas, no necesito linternas especiales para indagar los rincones secretos”.

 

El exdirector de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno de Argentina y quien fuera cercano al escritor Jorge Luis Borges también considera que evitar aventuras y sorpresas es cosa de su edad.

 

“Creo que es una cosa de la edad, en la adolescencia uno quiere saber todo, explorar todo y uno se da cuenta con el paso del tiempo que nunca vas a conocer ni a explorarlo todo. Entonces, mejor quedarse con lo que a uno ya le ha gustado y pedir el mismo plato de comida, hablar con el mismo amigo y leer el mismo libro”, afirma.

 

— ¿Hoy cuáles son esos libros a los que regresa?

 

— A lo largo de mi vida fueron varios y ahora quedan muchos de ésos. Los que están son, por ejemplo: La Divina Comedia —un canto todas las mañanas—, Alicia en el país de las maravillas, los poemas de San Juan de la Cruz, los cuentos de Graham Greene, algunas novelas decimonónicas como las de Charles Dickens o Robert Louis Stevenson.

 

Alberto Manguel opina que la promoción de la lectura es un arma contra la estupidez a pesar de que los resultados no sean los esperados.

 

“La elección de Trump y ahora la aceptación que México ha hecho de las propuestas fascistas de este loco, indican que no somos más inteligentes ni mejores lectores. Lo que me da una cierta medida de optimismo es que siempre hay alguien que de pronto descubre un libro y dice: qué maravilla, he descubierto a Hemingway”, indica.

 

La renovación de lectores es fundamental para defender la inteligencia, añade. “Los lectores se crean a sí mismos, empiezan a entender que hay una tarea de defensa de la inteligencia y desgraciadamente llegan a una cierta edad como la mía y dicen como Fausto: esto no ha servido para nada, y como Stéphane Mallarmé: la carne es triste y he leído todos los libros. Pero es algo optimista que siempre hay lectores”.

 

— ¿Cómo hacer para que se lean los clásicos?

 

— Primero, hay que determinar qué es un clásico y en ese sentido un clásico es lo que una sociedad acepta como clásico a lo largo de los siglos. Northrop Frye, el crítico canadiense, dijo que un clásico es la obra cuya circunferencia es siempre mayor que la de sus lectores, es una obra que se va ampliando.

 

“¿Cómo hacer que la gente lea los clásicos?, no hay ninguna estrategia de lectura que sirva. Borges decía que la lectura nunca podía ser obligatoria porque la felicidad no puede ser obligatoria”, responde.

 

UN MUNDO DE PREGUNTAS. A Alberto Manguel le gusta el relato de La metamorfosis, porque Franz Kafka planteó una historia que conforme avanzan las páginas, pareciera que se responderán muchas preguntas, pero estas explicaciones nunca llegan, nunca está la respuesta a por qué Gregorio Samsa es un insecto o por qué no escapó.

 

“La literatura plantea preguntas, es el dogma que da respuestas y por eso el dogma es peligroso. El dogma cierra puertas, la literatura las abre y no le da la posibilidad de escaparse del mundo sino que lo empuja al mundo y le dice ‘enfréntate a él’. El dogma dice no te preocupes, yo te doy las respuestas, no necesitas pensar por ti mismo”, señala.

 

El autor de Noticias del extranjero, En el bosque del espejo y Una historia de la lectura considera que el espacio donde las preguntas despiertan la imaginación, es la biblioteca.

 

“La biblioteca es la memoria e identidad de la sociedad y una sociedad que no admite su memoria, se pierde. Eso es lo más peligroso porque conduce a una ignorancia. En Argentina, por ejemplo, durante el periodo que se quiso negar las atrocidades de la dictadura militar, se encontró al borde de ese abismo porque no puede continuar siendo ese país y negando un periodo de su historia, por más sangriento que haya sido”.

 

Entonces, añade, las bibliotecas son lugares de vivencia. “En una sociedad del consumo eso no se alienta, porque si usted desarrolla su curiosidad, si confía en su inteligencia, sabe que lo que importa son las preguntas y no las respuestas, trata de indagar más, cuestiona las reglas y los reglamentos… no será un buen consumidor”.

 

El Premio Formentor a las Letras 2017 señala que una de las cosas que más aprecia es su biblioteca personal, la cual viajó de Francia a Canadá.

 

“He pensado que ninguno de mis hijos quiere heredar una biblioteca de 40 mil libros, pensé que quizá me gustaría que se quedase en Canadá y quizá algún nuevo colegio o universidad que empiece podría utilizarla. Es una biblioteca que está construida alrededor del tema de la historia de la lectura”, apunta.