(Fragmento)

 

Imagino que, en el fondo, siempre supe que acabaría por contar mi historia, después del tiempo gastado en contar tantas otras, más o menos ajenas. A fin de cuentas, nadie puede huir de su destino, ni siquiera de su pasado. En la soledad definitiva no caben ya los engaños. Tampoco con uno mismo. Uno sólo puede, a lo sumo, aplazar el inevitable encuentro consigo mismo, el cierre definitivo de su ciclo, como quien retrasa el encararse de frente con el espejo que refleje, en la vejez, la cruda realidad de su apariencia. Yo, por mi parte, no voy a diferirlo más. Éste va a ser, en consecuencia, el último retrato, la cruda imagen reflejada por el azogue, la confrontación definitiva con la memoria.

 

Leí en alguna parte que a los veinte años cualquier hombre tiene el rostro que la naturaleza le regaló, pero a los sesenta su cara no es otra cosa sino el resultado de su experiencia, el producto particular de sus aciertos y errores. Quién sabe. Hoy en día es difícil saber algo con certeza. No tengo todavía sesenta años; estoy lejos aún, pero lo he estado más. Sin embargo, a veces, cuando me contemplo en el espejo, siento, por un instante, que he vivido siglos y que todo cuanto viví pesa sobre mis espaldas. Mis cabellos encanecieron por completo, mi piel tiene casi la blancura de las sábanas que en otro tiempo compartí con Xana. Sin ella todo ha perdido interés. Pero no quiero hablar por hablar —nunca he sido de ésos—, escribo intentando engañar al tiempo y a esta ausencia.

 

Vivo solo desde que Xana se fue. Si he de ser sincero, el mundo exterior no me interesa gran cosa. Por lo demás, ¿para qué decir la verdad? Supongo que por variar, no por confianza en ser creído. Los que lean esto lo harán seguramente como ficción. Algunos por comodidad, por hábito la mayoría. Lo mismo da. La verdad es hoy un producto devaluado, un artículo de rebajas en el hipermercado de la comunicación. La verdad se vende mal, pasó de moda hace muchos años. ¿A quién, en definitiva, le importa la verdad?

 

Piensen, pues, lo que gusten, nunca es lo que uno espera. Tal es el destino, en esencia, del que fabrica relatos: hallará el mundo en ellos autobiografía en donde sólo hay artificio, pero no advertirá más que ficción en el verídico recuento final que precede a las despedidas. Éste que ahora inicio.

 

Sé que, después de acabado, no volveré a escribir. Tendría poco sentido. Igual que el peregrino inconsecuente que, tras sortear las repetidas peripecias de un azaroso viaje, accede a las cercanías de lo sagrado y desgrana los días en torno al templo, incapaz de reunir el coraje suficiente para traspasar los muros que lo alejan aún de la reliquia, la finalidad última de todo su camino, así gasté yo mis años —hasta este día en que haré mis revelaciones más hondas— inventando historias que no eran más que disfraces, máscaras que escondían, detrás de cada efímera y cambiante apariencia, la sustancia de mi propia historia. También es cierto que inventar cuentos fue mi medio de vida durante estos años. Pero todo esto es secundario. Incluso yo soy secundario. Lo esencial es Xana, y Xana no está. Por lo tanto, yo estoy apenas; aunque para ustedes sea real, no lo soy para mí mismo. No existo en este instante sino como voz que narra una historia. Historia en la que les será imposible creer, aunque lo hagan en mí como fabulador.

 

Yo, por mi parte, ya no creo en nada. Apenas sé que debo contar lo que viví, con la misma inexorabilidad con que la noche seguirá a este día y nuevas noches a los sucesivos días que amanezcan. Pero yo ya no estaré en esas noches; apenas, tal vez, sobrevivirá mi historia; nadie puede garantizarlo.

 

Ars longa, vita brevis. También yo compartí, quizás en otro tiempo, la sentencia de los clásicos; algún día fui joven, sépanlo. Pero ya no me desvela el Arte, apenas el desahogo, algún tipo de confesión final de la que no alcanzo a divisar el objetivo. Sé que la persistencia del Arte es poco más duradera que la de las vidas que lo encarnan. Sin embargo, aún me siento con ánimos de intentar luchar contra el silencio.

 

Para alguien como yo, que ganó el sustento con invenciones y, a veces, abusó de todos los registros mezclando, quizá más de la cuenta, los colores de la paleta en sus figuraciones narrativas, no es fácil hallar el tono que diferencie lo imaginado de lo vivido; ese leve matiz, ese imperceptible pero esencial cambio de perspectiva que marque el realismo en las arenas movedizas de las palabras. Como el pastor de la fábula, cuando finalmente llega la fiera, he gastado la voz y el crédito en falsas alarmas. Pero contaré, porque estoy solo y, no obstante, he tenido compañera. Contaré, porque contar es entablar una desigual batalla, perdida de antemano, contra el río del olvido que nos arrastra sin remisión hacia las cataratas del no ser. Contaré, porque contar es la figuración de hablar con el espejo, aun cuando la finalidad última de todos los cuentos sea el fuego, la polilla, la oxidación o el olvido. Contaré, porque soy —fui, para ser más preciso— hombre antes de ser sólo voz, y porque amé y sufrí y perdí mi particular guerra contra el tiempo, y porque nadie, excepto yo, será capaz de escribir mi historia. Contaré, porque Xana ya no está, y sé que a ella le agradaría. Porque ella ya sólo vive conmigo en la memoria. De todas las razones, sólo la lacerante evidencia de esta última se me hace motivación verdadera en el recuento. Mas supongo que para ustedes serán accesorios los motivos, puesto que leerán como mera ficción mi relato.

 

Empecemos, pues, sin mayor demora. Ya saben que mi nombre es Darío Gancedo y que soy escritor. Sin ser un prodigio de fama o de éxito, he vendido bien alguna de mis fabulaciones para la industria audiovisual, cosa que me permitió desde hace años, casi tantos como los que separan mi presente soledad final de los ya lejanos comienzos de esta historia, mantener mi independencia económica y mi privacidad. Tengo fama de ser persona de trato poco accesible. No doy entrevistas ni colaboro con periódicos. Tampoco notifico a nadie, excepción hecha de mis representantes legales, mi dirección. Mi fotografía no ha sido hasta el momento divulgada. Con mi escasa familia me veo muy raramente, y nunca donde habito. Vivo en una gran ciudad —sólo las ciudades grandes garantizan el anonimato— que no es la mía, si es que las ciudades son de alguien. Tampoco es la ciudad en la que transcurrió la historia que voy a contar. En aquellos días, cuando todo concluyó, por lo menos en apariencia, Xana y yo nos escabullimos de ella para no volver, sabedores de que jamás podríamos andar sus calles sin estremecernos, sin que un escalofrío de miedo nos devolviera al terror y a la infamia de aquellos días, al pánico de aquellas noches.

 

 

 

► Fragmento tomado del libro Tiempos de Fuga.