El quemadero donde los oficiales de la Inquisición mandaban a calcinar a los herejes y traidores durante los siglos XVI, XVII y XVIII se ubicaba en terrenos cercanos a la actual iglesia de San Hipólito de la alcaldía Cuauhtémoc, Ciudad de México, señala Úrsula Camba Ludlow, autora del reciente libro Persecución y modorra. La inquisición en la Nueva España.

 

En la obra editada por Turner, la también historiadora esclarece varios datos sobre el Santo Oficio, entre ellos, la ubicación de los quemaderos, los delitos que eran juzgados, el porcentaje de casos en donde el tormento se aplicó como condena y el simbolismo del secreto.

 

Sobre la muerte en la hoguera, explica Camba Ludlow, se aplicó porque el fuego tenía un sentido purificador y se aplicaba para delitos mayores.

 

“Cuando se trataba de un delito de lesa majestad, es decir, cuando el crimen perpetraba o planeaba un atentado contra el rey o cometía un delito grave como la traición. Una de las penas que se imponían a este tipo de delincuentes era el ser arrastrados por todo el pueblo o villa, atados a la cola de un caballo, para después ser descuartizados y sus restos exhibidos por los caminos sin recibir cristiana sepultura”, detalla.

 

En realidad, agrega la experta, la Inquisición no quemaba a nadie porque no podían mancharse de sangre matando a alguien, entonces el poder civil era el responsable de aplicar el castigo.

 

“Pensemos que en Nueva España la sociedad era analfabeta, entonces al no saber leer ni escribir, lo que el Santo Oficio necesitaba eran grandes gestos, aparatos de propaganda, publicidad y los autos de fe que no necesariamente terminaban con fuego. Eran una manera de ejemplificar lo que te podría suceder si pecabas y no te arrepentías”, precisa la autora.

 

Aunque en los manuales de los inquisidores se mencionaba a la herejía como castigo con fuego, en la práctica esa regla no necesariamente se cumplía.

 

Sobre la ubicación del quemadero en la Ciudad de México añade que estaba cerca de la iglesia de San Hipólito, a un costado de lo que actualmente es la Alameda.

 

“El quemadero de la justicia inquisitorial estaba cerca de San Hipólito. No podría estar adentro de la ciudad. El quemadero de la justicia civil estaba por San Lázaro, en donde está la Cámara de Diputados, es decir, eran quemaderos distintos. La justicia civil quemó a más gente que la justicia inquisitorial”, indica.

 

Camba Ludlow explica que los delitos más graves a juzgar por la Inquisición fueron: la herejía, apostasía y el criptojudaísmo. Pero en el caso de los indígenas de América éstos fueron considerados neófitos, es decir, nuevos en la fe.

 

“A veces se piensa que la Inquisición persiguió todos los delitos habidos y por haber, si alguien mató a un vecino, si alguien se puso minifalda… en realidad eran delitos muy específicos: crímenes que fueran contra la fe católica”, señala.

 

Respecto a los indígenas, agrega, se les consideró neófitos y no herejes porque nunca habían conocido la religión, regla que se estableció después de que el fraile Juan de Zumárraga condenara a la hoguera al texcocano Carlos Ometochtzin.

 

“Fue tal el escándalo, las quejas y el lamento que la Corona Española dijo: los indígenas son nuevos en la fe. Los indígenas pueden testificar, acusar pero no pueden ser perseguidos por la Inquisición. Eso más que complicar a España, le representó una oportunidad de recuperar almas que se perdieron en la reforma protestante”, indica.

 

En opinión de la historiadora, las Inquisiciones en América fueron más reactivas que proactivas.

 

“No todos los tribunales inquisitoriales funcionaron de la misma manera. Hay una tendencia a pensar que eran igual de eficientes y que castigaban los mismos delitos. No operaba de la misma forma la Inquisición en Italia, que en España, Francia, Alemania o América. En esta última, para un territorio inmenso, únicamente se establecieron tres tribunales, el de la Nueva España (México) y Perú fundados a finales del siglo XVI y, a principios del siglo XVII, el de Nueva Granada (Colombia)”, precisa.

 

Algunos datos que Camba Ludlow subraya en su libro son los números de los procesados en la Nueva España.

 

“El tribunal novohispano formó poco menos de dos mil procesos entre 1571 y 1700, periodo de mayor actividad. Es decir, 15 procesos anuales en promedio de una población de 450 mil individuos, de la cual, la inmensa mayoría eran indígenas que no podían ser juzgados por la Inquisición”.

 

El resto que fue juzgado eran españoles, negros, mulatos, mestizos y población procedente de Filipinas, China, India o Japón.

 

“En Nueva España, la incidencia en la aplicación del tormento en los procesos inquisitoriales era del 30% del total de los procesados en los tres siglos de funcionamiento del tribunal. Únicamente uno de cada tres acusados era sometido al tormento. Algunos con mayor rigor, a otros solo bastaba con amenazarlos con la aplicación del mismo o con ponerlos frente a los aparatos de tormento para que confesaran”, detalla en el libro.