Polémica en el Festival de Toronto con la "comedia nazi" 'Jojo Rabbit', que buena parte de la crítica ridiculiza de todas las maneras posibles

 

"Ahora mismo, todos los grupos entrenados para el odio disfrutan de su momento de gloria. Vivimos, de hecho, un tiempo similar al que sufrió Europa en los años 30". El entrecomillado es de un polinesio nacido en Wellington (Nueva Zelanda) y con ascendencia judía. Su nombre es Taika Waititi y desde hace unos días es la persona más citada en el Festival de cine de Toronto.

 

Antes del domingo por la noche pasaba por ser el director más irreverente y provocador del panorama cinematográfico. Y todo ello por la posibilidad de una película, Jojo Rabbit, que se anunciaba como una "comedia nazi" en la que el propio director encarna a Adolf Hitler.

 

Después y con la cinta ya estrenada, no hay forma de ponerse de acuerdo. Los hay que le tachan de bluff, de pistola de agua, de vestir con el traje de la provocación lo que no pasa de ser un producto condescendiente diseñado para los Oscar y para que el público más o menos moderno, más o menos hipster, se sienta bien y, sobre todo, se sienta muy inteligente. Otros le recuerdan que con según qué cosas no se bromea. Y los últimos preferimos un poco de calma: sólo es ficción y es potestad de la ficción forzar a ver las cosas de nuevo y de otro modo. Y aquí, la película cumple y, por momentos, desarma.

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Desde un punto de vista estrictamente argumental, la película se limita a describir en un tono entre naif y sólo deslumbrado, la entrada en la edad adulta de un crío. Lo peculiar y fuente tanto de la polémica como de los muchos nervios es el ambiente. Estamos en la Alemania nazi, el chaval pertenece a las juventudes hitlerianas como antes que él lo hicieron el filósofo Jürgen Habermas o el Nobel Günter Grass y, ante la ausencia del padre, recurre a la figura del Führer como su único y paternal amigo imaginario.

 

La idea está extraída de la novela de Christine Leunens El cielo enjaulado. No se trata, como alguien ha corrido a señalar de forma entre equivocada y torticera, ni de El niño del pijama de rayas ni, por no moverse del cine, de La vida es bella. Por mucho que en las tres haya críos con los ojos grandes y redondos. Aquí la tragedia, que la hay, discurre por dentro. La otra, la del Holocausto, permanece al margen.

 

El chaval atiende al nombre de Jojo Betzler y está interpretado con una certeza cerca del asombro por el chaplinesco actor infantil Roman Griffin Davis. El mote y nombre de la película le caerá encima cuando se niegue a cumplir con el ritual ario de degollar a un conejo. Más adelante, todo su mundo de color pardo se vendrá abajo cuando descubra que su liberal y encantadora madre interpretada por Scarlett Johansson oculta en casa a una niña judía tapiada como si de la misma Ana Frank se tratara.

 

Genial también Thomasin Harcourt McKenzie. ¿Cómo hacer coincidir todo lo aprendido sobre la maldad de los judíos con la normalidad y belleza de su nuevo descubrimiento? Y es sobre esta pregunta sobre la que Waititi se esfuerza en levantar una historia con modales y formas de arquetipo pese a su evidente excepcionalidad, digamos, histórica.

 

Para entender el ruido de la polémica tan importante es el argumento como, de forma más general, el ambiente. La productora es Fox y Fox desde hace meses es Disney. Y ahora la primera pregunta: ¿Es compatible la casa del ratón con una comedia con el Holocausto al fondo? Apenas anunciada la fusión, Variety publicó que varios directivos de Disney no estaban cómodos con la idea. La noticia corrió a ser desmentida por el propio Waititi. No en balde, el director de comedias descacharrantemente ácidas como Lo que hacemos en las sombras o Hunt for the Wilderpeople, a la caza de los humanos, también lo es de la superheroica Thor: Ragnarok y por ello también responsable de los 850 millones de recaudación mundial. Es decir, Disney le debe mucho y él ha demostrado tener un sentido del riesgo desarrollado al elegir precisamente este proyecto cuando podría haber hecho cualquier otro.

 

Lo cierto es que la película alterna momentos delirantes (ese montaje inicial enlazando el saludo nazi con I Want to Hold Your Hand de los Beatles) con una narración tan calculadamente neutral y aséptica que se diría hasta convencional. Y de la misma manera, se apropia de manera algo fraudulenta del ideario de Wes Anderson (Moonrise Kingdom está demasiado presente) a la vez que explora terrenos tan provocadoramente originales como profundamente emotivos. No podía ser de otra manera. Todo ello sin renunciar a ofrecer una variante única del universo de Roahl Dahl que no puede por menos que enamorar. Jojo Rabbit crece cuando se libera de la preocupación por lo que está contando y se enreda en sus dudas cuando cobra consciencia de las miradas que la juzgan.

 

El tono de las críticas se ha dividido básicamente en dos. De un lado, se encuentran los que esperaban más. Son los mismos que citan a El gran dictador, de Chaplin, o al número Primavera para Hitler de Los productores, de Mel Brooks, como prueba de contraste. Para todos ellos, Waititi no ha hecho otra cosa que tender una trampa al espectador para que se ría sin que se sienta culpable por ello. Cuando debería. Del otro, muy en la línea de los ofendidos profesionales que pueblan el mundo en red, Waititi frivoliza sobre lo que no debe. Ni él ni nadie. Hablar en tiempos del Holocausto de nada que no sea el horror del Holocausto tampoco está permitido.

 

El director se defiende a su manera. "Es vital que sigamos contando estas historias y que lo hagamos de la manera más interesante e ingeniosa posible. Si eso implica agregar humor y absurdo, entonces que así sea", dijo en una entrevista el mismo día del estreno en previsión de lo que se le venía encima. Y se le vino.

 

Lo curioso es que da la impresión que en determinados foros a Waititi no se le permite lo que, a juzgar por otras producciones recientes, parecía superado. No hace tanto, en 2015, los cines alemanes estrenaban una sátira que obedecía al título de Er ist wieder da (Ha vuelto), de David Wnendt, y que utilizaba el milagroso regreso de entre los muertos del propio Führer para ironizar sobre las políticas conservadoras y xenófobas de buena parte de Europa. Y no tan lejos se encuentra Jojo Rabbit.

 

Cuenta Waititi que la idea de interpretar él mismo a Hitler vino luego. Que fue una sugerencia de la productora que él primero tomó a broma y luego como un ejercicio de responsabilidad. El caso es que cada una de sus intervenciones con un extraño inglés tronante son sencillamente delirantes. Se trata de un Hitler imaginario que, a su manera, no es más que una proyección de todos los miedos, inseguridades y debilidades del protagonista. Pero, un momento, ¿acaso el Hitler real no era también exactamente eso?

 

La película, en definitiva, se debate contra el descubrimiento de un engaño y a favor de la posibilidad de crecer a pesar de todo. Sí, es un cuento de hadas, pero, y a juzgar por la polvareda que mueve a su paso, también es el testigo evidente de que hay heridas que siguen sin curar. Y, por ello, conviene volver a ellas. Una y otra vez.