Juan Bonilla rescata en 'Totalidad sexual del cosmos' a la pintora y poeta de la vanguardia mexicana, fulgor y frenesí de los años 20.

 

Nahui Olin tenía lava en vez de sangre y el cuerpo como provocación. El desafío era su norma y la creatividad le estallaba a borbotones. Asombró y posó para Diego Rivera, escandalizó a México en los años de sus vanguardias, fue la loca en la época de la locura, escribió poemas, pintó a su aire, mostró su cuerpo como obra de arte en portadas de revistas de variedades y asistió sola a su ocaso de la vida dando clases en un colegio donde nadie sabía que el nombre de aquella mujer que vivía entre la escasez medio siglo atrás fue sinónimo de frenesí.

 

Los grandes ojos de Nahui Olin "eran de un verde felino y su pelo una hoguera. Era como si lo fuera iluminando todo a su paso, como si el mundo se incendiase al calor de su mirada". Así arranca Juan Bonilla su libro sobre ella, Totalidad sexual del cosmos (Seix Barral), el largo poema de un devoto.

 

Nahui Olin no era Nahui Olin en el comienzo sino Carmen Mondragón (1893-1978). Nahui Olin, en náhuatl, en azteca, significa el último sol, pero también el primero, el que deslumbra y ciega, el poder con que el astro hace girar a los planetas y el que mueve los ciclos del universo. Nahui Olin siendo nínfula se subía sus faldas escocesas de internado bilingüe para mostrar los muslos en el barrio de putas de México DF para ofrecerse al curioso, pero a quien niega su cuerpo porque sólo pretende desafiar, jugar, un escándalo en minúsculas.

 

Nahui Olin no sabía lo que quería y lo supo desde el principio. Su padre, el general porfiriano Manuel Mondragón, se convirtió en más rico aún diseñando un cañón, una carabina y un fusil automático y llegó a ser secretario de Guerra y Marina con el gobierno de Victoriano Huerta, quien provocó su exilio en París. Allí vivió la Carmen niña, quinta de ocho hermanos, ocho años, desde que tenía cuatro. Piano, danza, pintura, teatro, literatura.

 

Pero nada en su vida es como en la vida de los demás: Carmen se casa por contentar a su padre con un cadete que la turbó al verlo montado a caballo con la gallardía que un jinete puede despertar al verlo al trote por un cuartel. Se llamaba Manuel Rodríguez Lozano y la boda fue portada en los Hola aztecas en plena revolución mexicana. Pero, exiliados de nuevo, vivirán un poco cada uno por su lado en el París de cuando París era París, de cuando había que estar en París, cuando París era Picasso, Juan Gris, Braque y Matisse. Y a ellos Carmen los conoció y los trató. Allí prendió la lava que nunca se extinguió, o que acabó extinguiéndola.

Autorretrato de Nahui Olin en los Jardines de Versalles.

 

Nahui Olin y el general y el jinete vivirán luego en San Sebastián la prolongación de la caída en desgracia del padre y allí perdió su único hijo sin que nunca se supo bien cómo. Su marido sostendrá siempre que dejó caer a la criatura de sus brazos desde lo alto de unas escaleras. ¿Lo arrojó, se le escurrió? ¿Llegó a asfixiarlo? El episodio siempre quedó en penumbra.

 

Ya de vuelta en México, habitaciones separadas, enseguida divorciados (en el México de 1921) Carmen se convierte en Nahui Olin bautizada por su primer amante, un hombre obeso, bajo, calvo, revolucionario y vulcanólogo, al que todos llaman Dr. Atl, que la enseñó que el amor es algo más que poesía. "Rubia, con una cabellera rubia y sedosa atada sobre su faz simétrica, esbelta y ondulante, con la estatura arbitraria pero armoniosa de la Venus naciente de Botticelli. Los senos erectos bajo la blusa y los hombros ebúrneos. Me cegó cuando la vi. Pero sus ojos verdes me inflamaron. ¡Esos ojos verdes!", escribió el Dr. Atl años después.

 

Es la época de Frida Kahlo, Tina Modotti, Diego Rivera, José Orozco, David Siqueiros, José Vasconcelos, Xavier Villaurrutia... Un país en llamas. Y ella entre ellos. De sarao en sarao, Nahui acabará viviendo con su amor en los altos del "Convento de la Merced, un edificio histórico que había sido abandonado por las monjas, con su claustro español y sus paredes descascarilladas", escribe Juan Bonilla en Totalidad sexual del cosmos. Allí pinta y escribe cartas de una pasión arrebatadora: "Yo soy una virgen perversa. La fuerza de la pasión que siento por ti es una embriaguez llena de alucinaciones espléndidas (...) Mi amor es extraño y me ocasiona terror porque temo quemarme en la propia llama de mi amor".

 

"Nahui Olin fue vanguardiasta. Sus poemas, sobre todo los del libro Calinement je suis dedans (1923), son como escaleras que bajan a un sótano", considera Bonilla. Publicó también Óptica cerebral, poemas dinámicos (1922), Á dix ans sur mon pupitre (1924), Nahui Olin (1927) y Energía cósmica (1937). Y sobre todo el poema Totalidad sexual del cosmos. "Somos/ dos piedras/ que un dios impune/ golpea una y otra vez/ buscando/ que caiga/ una sola gota/ de fuego/ con la que alzar/ una hoguera/ que lo caliente/ y que lo hechice/ contra/ el frío/ del tiempo,/ el frío/ de estar solo,/ el frío/ de no saber/ que es/ sólo/ un dios.// Dos piedras/ envueltas en piel/ golpeándose/ una/ y/ otra vez/ en busca/ de una gota/ de fuego/ con la que/ empiece/ una hoguera/ que incendie/ el mundo".

 

"La belleza de Nahui Olin produjo mucha pintura, mucha fotografía y bastantes versos de otros. Fue una belleza cantada. Pero algo de alianza y condena [título de un libro de poemas de Claudio Rodríguez] había en ella, pues si hipnotizaba a sus camaradas artistas también era una especie de obstáculo para que se reconociese la identidad formidable de sus obras. Se dio cuenta pronto de que estaba fuera de sitio en todas partes, entre los pintores, entre los poetas, entre los artistas. Después de unos cuantos palos sentimentales y vitales, decide recogerse en su casa de Tacubaya, donde pasaría décadas mientras sus antiguos camaradas se van volviendo los nombres imprescindibles del arte y la poesía latinoamericanos", responde Juan Bonilla.

 

Se refiere el escritor a los fotógrafos Tina Modotti y su pareja Edward Weston (que tanto le gustaba vestirse con las ropas de Tina), al también fotógrafo de novias Antonio Garduño, el gran retratista del país al que recurren todas las novias para tener su imagen en un cuadro con marco de plata en la repisa de un bargueño. Nahui Olin posará desnuda para Garduño y será primera página de la revista Ovaciones, como una starlette, "fría y bella" (Bonilla). "Fue preciso esperar a la revolución sexual y a los 70 para que aparecieran en letra de molde los términos sexuales que medio siglo atrás Nahui Olin prodigó en sus escritos y cayera el último tabú de la desnudez: el vello púbico que Carmen Mondragón muestra desde 1928 en las fotos de Antonio Garduño", ha dejado escrito el poeta y Premio Cervantes José Emilio Pacheco.

 

A veces pintora, a ratos poeta, luego pintora, también musa y más tarde caricaturista por influencia del guapo Matías Santoyo, quien tras un viaje a Nueva York pretende ser alguien en Hollywood. Hasta allí fueron los dos sin apenas suerte para ella: llegó a hacer una prueba que le convenció al director Rex Ingram para El jardín de Alá (1927) pero demasiado barullo, no le gustó estar desnuda tumbada en una chaise longue ante cámaras, ayudantes, maquilladores... Fin de la etapa cinematográfica.

La pintora y poeta mexicana Nahui OlinAntonio Garduño

 

Nahui Olin es entonces "alguien a quien se reconoce desde lejos, alguien a quien los hombres quieren seducir, las mujeres temen, alguien ante quien los biempensantes se echan las manos a la cabeza o desaparecen, los revolucionarios desconfían de ella, los poetas la desprecian y los pintores no la tienen en cuenta", escribe Juan Bonilla.

 

En su viaje hacia la nada a bordo de un trasatlántico, Nahui Olin descubrirá, con 40 años, el último repunte de su vida. Se llama Eugenio Aciano y es capitán de barco. Van de puerto en puerto hasta que él muere de una intoxicación de marisco en Cuba mientras ella le esperaba. Nunca aparecieron las cartas que ella le escribió. Es 1934. Tres años después, en Energía cósmica, escribe la relación amorosa con su gato Melenik. Tiene muchos más, aunque no como aquel. Entre pesadillas y el ostracismo, arranca la piel a sus gatos muertos y con ellas trenza una manta para protegerse del frío, otra leyenda para agigantar su pequeña leyenda, la que la evoca durmiendo envuelta en una sábana donde había pintado a un amante.

 

Hasta que el restaurador de arte Tomás Zurián, muchos años después, el 23 de enero de 1978, descubre una foto que le impacta entre el legado del Dr. Atl. En la dedicatoria, Nahui había escrito: "Amor eterno Amor Atl, la palpitación de mi corazón es el sonido de tu nombre, que amo con toda la frescura de mi juventud". Media hora antes, sólo media hora antes, Nahui Olin, nacida Carmen Mondragón, había muerto. Zurián indagará por archivos, subastas y zaquizamíes hasta lograr que una exposición impulsada por él en 1992 restituyera su nombre. Los dos.

 

De ella escribió la también Premio Cervantes Elena Poniatowska en el prólogo al muy documentado ensayo Nahui Olin (Circe) de Adriana Malvido. "Tenía como ojos un par de soles, de incendios, de infiernos. Nahui Olin tenía el mar en los ojos, el agua salada se movía dentro de las dos cuencas y adquiría la placidez del lago o se encrespaba furiosa tormenta verde, ola inmensa, amenazante. Vivir con dos olas de mar dentro de la cabeza no ha de ser fácil. Convivir tampoco".