Durante décadas, el ser humano ha temido el momento en el que el sexo y el amor sean realidades ajenas la una a la otra. ¿Ha llegado ya ese día? Novelas como Sudor de Alberto Fuguet y Mañana tendremos otros nombres, de Patricio Pron, retrata esa realidad.

 

Ahora que están de moda las distopías, podemos recordar cuatro acercamientos del género al tema del sexo. Primero: en Un mundo feliz, de Aldous Huxley, la reproducción está desligada del acto sexual y del cuerpo de la mujer, hasta el punto de que El Salvaje, su héroe, es un personaje maldito porque ha nacido del vientre de su madre. Liberada de la función reproductiva, la sociedad del Estado Mundial vive en una rutina de orgías eficientemente programadas y ejecutadas. Segundo: en Barbarella, la película de Roger Vadim de 1968 basada en el cómic de Jean-Claude Forest, el Gobierno provee a sus ciudadanos de orgasmos a través de píldoras. Cuando Barbarella (Jane Fonda) es enviada a una misión especial en los confines de la galaxia, descubre el antiguo y prohibido mecanismo del coito y su historia cambia para siempre.

 

Seguimos. En Blade runner 2049, el Blade runner de Denis Villeneuve, el personaje del oficial K (Ryan Gosling) resuelve sus deseos a través de una replicante de infinita dulzura llamada Joi (Ana de Armas), a la que enciende, apaga y duplica según su voluntad. Y cuarto: en El cuento de la criada, de Margaret Atwood, la obsesión por la reproducción es tan apremiante que la sexualidad se ha convertido en un sistema de explotación esclavista, desligado de las ideas de placer o amor.

 

Conclusión: desde hace décadas, el hombre intuye, teme o fantasea con la quiebra de la complicadísima cultura que ha unido el placer sexual, el anhelo romántico y la función reproductiva. Intuye, teme o fantasea con el momento en el que ya no haga ninguna falta enamorarse de alguien para encontrar con quien acostarse y en el que ese encuentro no esté dirigido, antes o después, a la procreación. Es decir: la ruptura de uno de los temas centrales de nuestra vida social desde hace siglos.

 

Ahora, miremos a nuestro alrededor: la segunda parte de la distopía es una realidad aceptada y vivida con naturalidad desde la popularización de la píldora anticonceptiva. Hace mucho que el sexo no es una conducta que se celebre con el fin, expreso o aplazado, de tener hijos y perpetuar la especie. No merece la pena darle más vueltas.

 

En cuanto a la primera parte de la fantasía, la que tiene que ver con la separación entre amor y sexo, puede que ya hayamos atravesado las puertas de la distopía sin darnos cuenta. La tecnología más cotidiana de nuestro mundo, el teléfono móvil y sus aplicaciones dirigidas al encuentro entre desconocidos, es el acelerador y la expresión obvia de un cambio que llevaba en el ambiente desde la época de las vanguardias. Grindr, Tinder y similares son algo más que una anécdota, algo más que una moda para ligones como otras tantas que se han sucedido en el último siglo y medio.

Alberto Fuguet.ANTONIO M. XOUBANOVA

 

Tomemos ahora dos novelas recientes que retratan la nueva sexualidad. Por ejemplo, Sudor, del chileno Alberto Fuguet (Random House) que es fácilmente caricaturizable como «la novela del Grindr». Muy en resumen: Alf, el narrador de Sudor es un editor en Santiago de Chile que, aunque también es un poco mayor y un poco sentimental para la gran fiesta de la promiscuidad gay, está en el juego. Los amantes vienen y van. Algunos propician un amago de conexión personal, más bien precaria, y otros dan miedo. Un día, visita Santiago un viejo gigante de la literatura en español que se parece mucho a Carlos Fuentes y al que acompaña su hijo, Rafael. Rafael es diabólico, guapísimo y hemofílico y Alf, obviamente, se enamora de él. Lo gracioso es que desde ese estado, que se supone que es de enajenación, el narrador adquiere la lucidez de entender que lo de Grindr no es tan divertido como parece.

 

«Prefiero lo romántico y analógico en oposición de lo digital, tal como al final lo prefiere Alf en Sudor y creo que, de a poco, a muchos que andan a la caza les pasa eso. Lo mejor de esta orgía digital es que está llegando a su fin, o quizá no sea tanto como eso pero sé que muchos ya están captando que tiene que haber otra cosa. Que debe existir un lazo. Que lo realmente erótico y sexy es la confianza y la intimidad y la complicidad. Cierto hartazgo está abriendo nuevas formas de interacción más vintage: bares, baños de vapor, citas a ciegas, sistemas de conocer gente cara a cara, etcétera. Y, si acaso, uno puede ayudarse con lo digital, tal como uno se ayuda con decenas de tecnologías», explica Fuguet en un correo enviado desde Buenos Aires.

 

Y continúa: «Creo que Instagram es el nuevo Grindr. Pero es diferente, ya hay un grado de exposición y de ciertos lazos que humanizan todo. Al final se arman contactos por temas estéticos y de morbo pero también por la onda y por los lugares y los libros que leen los usuarios. Puedo ser ingenuo pero intuyo que todo es pendular. Acabo de ver una cinta argentina, Fin de siglo, y es más sexy una cita con baile de dos heteros que terminan besándose y follando que las de los gays que parecen robots y se conocen por Grindr. Y acabo de filmar una cinta llamada Siempre sí que está llena de whatssaps, Spotifty e Instagram, pero en la que el chico protagonista recorre la Ciudad de México ligando a la antigua: con los ojos, la sonrisa, la conversación, la disco».

 

Fuguet habla desde la experiencia de ser un hombre homosexual, lo que significa que todo le ha pasado un poco antes._La gran «orgía digital» empezó hace años y el agotamiento ha llegado ya. Para los heterosexuales, todo es más nuevo. Por eso, el equivalente de Sudor para las relaciones heterosexuales es un libro de descubrimiento, aturdimiento y estupefacción.

 

Mañana tendremos otros nombres (Alfaguara), de Patricio Pron, habla de una pareja sin hijos de casi 40 años. Gente educada y amable, ni rica ni pobre, que un día se separa por nada en concreto: por hastío o por melancolía. La ruptura es deprimente, pero la reconstrucción de los personajes tras el trauma es el verdadero meollo. Él y Ella (así se llaman los personajes de Pron) descubren que la amistad, el sexo y el anhelo de romanticismo se resuelven a través del móvil, pero no dan con las claves.

 

«En realidad», explica Pron, «la escisión entre el apego y el sexo es una constante histórica; estaba en la concepción del matrimonio como un contrato entre dos familias destinado a incrementar su patrimonio y/o su ascendente político y fue una de las reivindicaciones más importantes de la generación de la liberación sexual. La vinculación entre lo amoroso y lo sexual se produce sólo en el ámbito del ideal romántico, pero éste comenzó en el siglo XVIII y sólo se concretó efectivamente en el XX, especialmente a partir de 1950. Es un tiempo muy breve. La excepción antes que la regla».

Patricio Pron.JORDI SOTERAS

 

~Entonces, ¿eso de desligar amor y sexo no es una distopía?

 

~Lo que subyace a estas distopías no es la amenaza de un cierto pragmatismo sexual, sino más bien la visión de una sociedad en la que no se establezca el apego. No hay distopía que no constituya una expresión temerosa de una utopía específica, y es evidente que las distopías acerca de sociedades sin experiencia amorosa señalan los límites potenciales de los esfuerzos continuados por separar sexo y sentimentalidad en el marco de la hegemonía del ideal romántico.

 

Pron alerta contra las visiones apocalípticas: «Atravesamos un período de incertidumbre, que suscita en algunos una nostalgia de unos valores tradicionales que en realidad nunca existieron. Y sin embargo, es precisamente en esa incertidumbre en torno a los límites y posibilidades de las relaciones entre hombres y mujeres donde radica la posibilidad de una adecuación a los nuevos tiempos: en la posibilidad de que nuestra inadecuación al 'nuevo mundo' nos lleve a una discusión acerca de la forma en que hemos amado, y por consiguiente, de la manera en que deseamos amar y ser amados en el futuro».

 

La ensayista Brigitte Vasallo, autora de Pensamiento monógamo, terror poliamoroso (La Oveja Roja) aporta la perspectiva feminista al debate. «Hay una cuestión de género. Las mujeres, sobre todo las mujeres que se acuestan con hombres, y los hombres que se acuestan con hombres siempre han tenido claro que hay una separación entre lo romántico y lo sexual, porque hay una masculinidad que siempre ha desligado esas dos esferas. Las redes de ligue lo que han hecho ha sido igualar el rasero. La idea de que alguien se acueste contigo y luego no vuelva a cogerte el teléfono es bastante común para las personas que se acuestan con hombres».

 

«Yo creo que es muy positivo desligar el sexo de lo romántico y del amor también», continúa Vasallo. Su teoría es que «la sexualidad se convirtió en una moneda de cambio» en un sistema en el que el amor es una representación deformadora y manipulada del afecto, una expresión especialmente molesta del sistenma capitalista.

ANTOINE D'AGATA

 

Y una visión más: la de Luisge Martín, que en su primer ensayo, el reciente El mundo feliz (Anagrama), desmiente el miedo a una distopía científica que nos conduzca a un presunto mundo sin amor: «Yo creo que el amor siempre ha tenido que ver con el sexo, pero no al revés. Es decir, el amor implica un impulso sexual, pero el sexo va por libre. La prostitución, el adulterio y la promiscuidad no son un resultado de nuestro tiempo, forman parte de la historia de la humanidad. Lo único que ha hecho nuestro tiempo es facilitar tecnológicamente el encuentro y hacerlo por lo tanto más inmediato».

Llamen a Michel

 

Muy bien. ¿Hablamos ya de Michel Houellebecq? En Ampliación del campo de batalla (Anagrama, 1994), el novelista francés presentaba a un ingeniero que, ¡ajá!, trabaja en tecnologías de la comunicación, pero también está deprimido y no gusta a nadie, de modo que se siente excluido del mercado del sexo. Donde la palabra clave es mercado. La idea más interesante de Ampliación del campo de batalla es que el mundo occidental había pasado del estado del bienestar sexual, en el que todo el mundo tenía derecho a algo de sexo (aunque no fuera mucho) a través del matrimonio, a un modelo neoliberal, en el que algunos tienen muchísimo y otros no tienen nada.

 

Ese hilo lleva hasta los incels (las redes de hombres «célibes involuntarios», recalcitrantes y a veces violentos), pero ése es otro tema. Nos interesa más la mercantilización del sexo.

 

«El sexo siempre ha sido mercado, con ciertos supuestos standards de lo que es y no es erótico», responde Fuguet. «Pero sin duda esta liquidez ha vuelto todo algo cercano a una bien de consumo. Enfatizo consumo. Consumir, devorar, desechar, anular, bloquear. Hay algo simétrico en la manera en cómo se parte el ligue y en cómo se termina. Antes, al existir más nervios o lazos o interacción y probablemente conversación, el lazo duraba más. Quizás no el lazo sexual pero sí el lazo de amistad y respeto y hasta el cariño y la amistad. La hermandad del semen, digamos, que exploro en Sudor. No odiar a alguien con quien no sigues o con quien tuviste algo; sino al revés, celebrar y honrar ese momento de intimidad. Lo fugaz, lo que no cuesta, lo instantáneo, es más desechable. Es más comida rápida. Es más terminar y bloquear porque fue tan fácil partir».

 

«El ligue siempre ha sido un bien de consumo para el hombre heterosexual. Claro que hay un mercado de la sexualidad y también de los afectos La idea de que lso afectos están libres del sistema es muy ingenua», termina Vasallo.

 

En cambio, Luisge Martín ve las cosas con más distancia. ¿Conducen los atracones de promiscuidad a esos domingos de depresión que siguen a los ataques de consumismo? «Me suena un poco tópica esa idea. La adicción al sexo puede ser una patología y tener las mismas consecuencias de desequilibrio emocional que otras adicciones. Pero si hablamos simplemente de una promiscuidad bien aprovechada, la causa del vacío y de la tristeza será otra. Si tuviéramos claro que los afectos y el sexo son dos cosas diferentes -como los afectos y la gastronomía, aunque a menudo quedemos a cenar con amigos-, nos ahorraríamos muchos dramatismos innecesarios».

 

Última pregunta para Martín: aquellos que hemos sido educados en la cultura del amor/sexo, ¿somos ya máquinas obsoletas, de reciclaje improbable? «Yo creo que es perfectamente posible la reeducación. De hecho, me atrevo a decir que la edad va reeducando en estos aspectos. Uno se da cuenta de que puede nadar y guardar la ropa».