Pierre Schoeller, director de 'Un pueblo y su rey', insiste en una lectura de la toma de la Bastilla como una revuelta popular en buena parte protagonizada por las mujeres que atiende a un "impulso de emancipación"

 

«El pasado es siempre una reescritura del presente», dice Pierre Schoeller, director de Un pueblo y su rey. Lo dice en ese tono entre categórico y críptico que siempre define a un aforismo. Se queda pensando y repite la frase. Pero esta vez al revés: «El presente siempre es una reescritura del pasado». Y se ríe. Sea de un lado o del otro, cuesta llevarle la contraria. Su película ahora en cartelera quiere ser una aproximación a la Revolución Francesa, pero en los dos sentidos. Todo sea por hacer buena la frase mil veces repetidas, e igual de irrefutable, de Faulkner: «El pasado no está muerto. De hecho, ni siquiera es pasado».

 

La película, para situarnos, se entretiene en contar el año 1789. Pero desde muy abajo. Por la pantalla se entrecruzan las vidas de aquellos hombres y, más importante, aquellas mujeres sin sitio en los libros de Historia. O, mejor, sin una entrada digna en el índice onomástico. Su lugar lo acostumbra a ocupar una perífrasis abstrusa que habla de una inteligencia colectiva, de una lógica de los tiempos o, más abultado por hegeliano, de la razón de la misma Historia. Si La Marsellesa, de Jean Renoir, contaba la revolución desde la perspectiva del Frente Popular y hasta el Napoleón de Abel Gance tuvo su posterior lectura gaullista, el de Schoeller atiende a lo ahora que se mueve. El hoy y el ayer de la mano.

 

«Mi idea», comenta el director, «es ofrecer la Revolución Francesa desde la perspectiva del pueblo. Y no se trata tanto de un eslogan como de la constatación de un hecho. Cada uno de los afectados por ella cambió. Y su transformación hizo que el tiempo viviera una quiebra. Su cambio fue el de todos», dice. Y sigue: «Hay un personaje (el interpretado por Gaspard Ulliel) que hace una transición radical desde la completa desesperación hasta convertirse en un hombre nuevo. El empeño suicida de la revolución soviética de crear un hombre nuevo, sí tuvo éxito en la Francia de finales del siglo XVIII».

 

No está claro que Schoeller sea consciente de que hasta qué punto su visión coincide con la que no hace tanto presentaba Éric Vuillard en su novela 14 de julio. Pero, en efecto, se parecen como dos gotas de aguas. Y de sangre. El Premio Goncourt 2017 hablaba de una sublevación sin instigadores para referirse a la toma de la Bastilla. En el ideario de su libro, la revuelta fue rápidamente entendida por todos. Incluso por la Historia. Las élites votaron de inmediato por la abolición de sus queridos privilegios; Jefferson, que estaba en París, corrió a citarla con admiración en su correspondencia, y la prensa inglesa se ocupó de ella en la caja más alta que daban sus titulares. Vuillard no duda en referirse a la historia de los procesos de emancipación y ahí cita desde a los recientes chalecos amarillos como a los no tan lejanos indignados.

 

Y Schoeller, lo mismo más el MeToo. «Aquel fue un momento de incertidumbre y redefinición que se parece bastante a la actualidad. Tuvo éxito, y luego falló. Duró siete años. Lo primero que se pretendía era la regeneración del reino. Querían redefinir los principios del Estado y darle un nuevo impulso. Se tiende a creer que Revolución Francesa trataba únicamente de cómo acabar con el rey y no es cierto. Ni un solo historiador que se respete dirá que hubo una idea unívoca que guiara todo el proceso. No es tan simple», dice Schoeller, se toma un respiro y vuelve al hoy que, en su reflexión, es el ayer. Y al revés.

 

«Entonces como ahora se clamaba por asuntos tales como la libertad, la igualdad y, más importante aún, la demanda de derechos. Con todas las confusiones que se quiera, eso pretenden desde el MeToo a los chalecos amarillos. Se dice que estos últimos son reaccionarios, pero eso es de un reduccionismo casi estúpido. Es un movimiento incierto, pero la incertidumbre es una búsqueda, una pregunta, la promesa de un cambio».

 

-En su película, las mujeres juegan un papel decisivo. ¿Diría que la Revolución Francesa fue feminista?

 

-Hay controversia sobre el tema. Falta mucho todavía para que las mujeres consiguieran el derecho al voto. Pero lo cierto es que sin ellas no habría sido posible. La marcha de las mujeres a Versalles obligó a volver al rey tuvo unas repercusiones políticas tremendas. De alguna manera, sí, lo fue.

 

El hoy es el ayer. Y al revés.