La autora de 'Soniechka' es una de las mejores narradoras posibles para entender la Rusia contemporánea y su obsesiva relación con la Historia

 

Yo he leído todo lo que usted ha leído», comienza una oyente el turno de preguntas en el Centre de Cultura Contemporánea de Barcelona, donde Liudmila Ulítskaya (1943) recibe a sus lectores una tarde de finales de febrero. Son los nervios, claro, pero Ulítskaya, de 75 años, la gran dama viva de la literatura rusa, la reconviene enseguida con gracia: «No, créame: ¡usted no puede haber leído todo lo que he leído yo!».

 

Autora de Sóniechka, Sinceramente suyo, Shúrik o Daniel Stein, intérprete, publicadas en España por Anagrama y Alba, la escritora rusa y judía es la dueña de una voz literaria y política que es referencia fundamental para leer y comprender la Rusia de hoy. Era una influencer antes de que se nos ocurriera recurrir a ese vocablo.

 

El auditorio del CCB está lleno de mujeres rusas radicadas en Barcelona, de modo que es inevitable hablar de feminismo. «El feminismo occidental no sobrevive bien cuandos se expone al clima ruso», dice la escritora. «Las mujeres rusas son mejores que los hombres». Lo son, sostiene, porque las guerras y la represión eliminaron a los mejores hombres en una selección biológica negativa.

 

El 'Quijote' fue el primer libro serio en sus manos.

    Ese libro era una edición académica que pertenecía a mi abuela; todavía lo guardo en casa. Fue ese tipo de experiencia que te hace crecer como lectora. Vuelvo al Quijote de tanto en tanto.

 

Hábleme de Moscú.

    ¡Lo mío con Moscú es demasiado! Vivo en Moscú desde los nueve meses, me llevaron desde los Urales, donde nací porque mi familia había sido evacuada en la guerra. Moscú se ha grabado en mí, a Moscú lo llevo conmigo. Ni siquiera me planteo si me gusta o no. Es una ciudad donde resulta duro vivir. Cada vez que viajo a Italia, por ejemplo, las primeras tres semanas disfruto del sosiego y la belleza; después comienzo a echar de menos mi ciudad desquiciada. Y echo de menos el entorno humano con el que cuento en Moscú, el flujo vital tan intenso, tan potente, en el que vivo... El Moscú de mi infancia era muy distinto del de hoy en día. Los barrios periféricos carecen de personalidad y lo achatan. No suelo ir mucho por ellos, la verdad. Vivo en un barrio que estaba en las afueras hacia 1917. Mi abuelo compró allí media dacha e iba a la universidad en un carro de caballos. Hoy es un barrio que está de moda...

 

¿Qué espera a la literatura rusa en los próximos años? ¿Continuará repasando el pasado soviético? Me han impresionado profundamente escritoras como Guzel Yájina y María Stepanova, que abordan la memoria desde la propia intimidad, una vía que tiene mucho que ver con su propia obra. ¿Le parece un buen camino ese?

    Me alegra la mirada atenta al pasado de la que hacen gala tanto Guzel Yájina como María Stepanova. La historia rusa tiene la peculiaridad de contar con muchos giros que acabaron cerrándose sobre sí mismos: la colectivización forzosa, los años de represión estalinista, el trato cruel, criminal, que el Estado dio a su gente. Todo eso requiere una mirada muy atenta y, en cierto modo, un descubrimiento.

 

Hace poco, conversaba con Svetlana Aleksiévich sobre algunos escritores rusos que no la consideran parte de su literatura.

    Me puso muy contenta el Nobel de Aleksiévich. Nobel, el inventor de la dinamita, decidió crear un premio destinado a la gente que aporta algo a la humanización del espacio social y científico. Los libros de Aleksiévich sobre las madres que mandaron a sus hijos a la guerra o sobre los problemas morales que enfrenta el mundo se inscriben en esa voluntad de humanización.

 

A veces, parece que la Rusia cultural decide empequeñecerse.

    Tengo la impresión de que lo más interesante que ocurre hoy en Rusia sucede en el teatro y la música. También hay escritores brillantes, por supuesto. Pero la generación de cultura no es un proceso regular. No se trata de la producción de teléfonos móviles o de zapatos de tacón. Creo que el potencial cultural de Rusia es inmenso y que no importa dónde un escritor escriba sus libros en lengua rusa, si lo hace en Rusia o en Estados Unidos. Le digo más: ni siquiera importa tanto en qué lengua escriba su libro. Es de la calidad de lo que se trata. La época de las literaturas nacionales se ha acabado. Y eso me gusta, por cierto.

 

Uno de sus últimos relatos, todavía inédito, describe de la intimidad sexual hasta el límite permitido por la norma culta de la lengua rusa.

    Hay razones profundas que tienen que ver con nuestro modelo de civilización. Sólo eso explica por qué el léxico del amor es tan abundante en algunas lenguas y tan tacaño en otras. El sexo fue un tabú en Rusia durante mucho tiempo y creo que el ascetismo de la religión ortodoxa jugó algún papel. ¡Está clarísimo que el Kamasutra no habría podido escribirse en ruso!

 

Hablemos de Europa. ¿Qué opina de la relación entre Rusia y Europa?

    Yo asocio el futuro de Rusia con Europa, con los valores y el ideario europeo. En Rusia alimentamos una vieja tradición euroasiática, que presupone una vía singular para Rusia. Esa idea de una Rusia euroasiática entra en contradicción con el acercamiento de Rusia a Europa que inició Pedro I. Y yo, que a nadie le quepa duda de ello, pertenezco al grupo de personas que asocian el futuro de Rusia con Europa. Pero es verdad que en Rusia, hoy en día, no hay una opinión única sobre este dilema.

 

¿Y el antisemitismo?

    Es un asunto crucial. El antisemitismo surge como una reacción a la dispersión de los judíos por el mundo a partir de la destrucción del Segundo Templo. A partir de entonces ese tema del «nosotros» y «los otros» asoma una y otra vez. Le diré algo más y sé que esto podrá irritar a alguna gente: los judíos son un modelo del futuro de la humanidad, un futuro en el que todo el mundo vivirá donde quiera vivir, trabajará donde encuentre mejores condiciones, donde pueda realizarse profesionalmente. El antisemitismo no es más que una de las variantes de la xenofobia, del miedo a los demás, a los otros. Si queremos que la humanidad sobreviva, todos tenemos que esforzarnos por amar al extraño, al que no siempre sabemos comprender...

 

¿Conoce a Putin?

    Nunca me he visto con Putin. No tengo ninguna relación directa con el poder político de Rusia hoy, como tampoco la he tenido en el pasado. En el enfrentamiento entre el hombre y el Estado, propio de cualquier sistema de poder, yo elijo el lado del individuo.

 

En mi ejemplar ruso de 'La escalera de Jacob', consta, en el extremo superior derecho, la advertencia «+18». Y he sabido que a una estudiante le han impedido comprar libros de Brodsky y Mayakovski porque no tenía la edad.

    A medida que avanzamos, el mundo resulta cada vez más homogéneo tanto en sus logros como en sus gestos más tontos. El sistema circulatorio que alimenta el planeta es uno solo y los procesos que se advierten en todas sus extremidades son idénticos.

 

Usted es bióloga y es una escritora humanista. ¿Qué opina del debate sobre la superación de la condición humana por la reprogenética?

    La humanidad se encuentra hoy en el umbral de enormes cambios, cuyo alcance cuesta imaginar en todos sus detalles. En estos tiempos la ciencia no puede abstraerse de la dimensión ética. Hay cuestiones acuciantes, crueles: pronto, los ricos podrán curar a sus hijos y los pobres no. Nuestros hijos tendrán que enfrentarse a problemas morales inmensos...

 

Me conmovió una imagen de su infancia que usted contó alguna vez: el día de la muerte de Stalin, en Moscú, se vio rodeada de un mar de escolares que lloraban al líder. Pero usted no sentía ningún deseo de llorar y se culpaba por ello. ¿Aquel día ya había leído usted el 'Quijote'?

    ¡Claro que sí! Cuando murió Stalin yo tenía 10 años y el Quijote lo abrí a los seis, en cuanto aprendí a leer.