«La señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores». Si se hubiera encargado Blanca Portillo, escogería un ramo de rosas blancas. «Mis favoritas». Carme Portaceli habría elegido hibiscus. «Es que soy muy mediterránea», dice la directora. Ambas posan finalmente con ramos de siemprevivas. «Las vamos a utilizar esta tarde en el ensayo para que nos den suerte», dice Portaceli, antes de llevar a la actriz hasta un palco para ver el escenario del Teatro Español, donde los operarios han desnudado sus tripas: se ven las poleas, cuerdas y todos los engranajes que mueven las escenografías. «Me encanta, es algo que no suelen ver los espectadores», exclama con admiración Portillo. La pared frontal de ladrillos, habitualmente tapada por los decorados, se ha pintado de un blanco muy Castellucci sobre el que los técnicos proyectan algunas imágenes. Está claro que la adaptación de Mrs. Dalloway que preparan ha abandonado el Londres de entreguerras y vive en el siglo XXI.

La versión escénica de la novela homónima de Virginia Woolf levantará el telón del Teatro Español de Madrid el jueves 28, una institución que la propia Portaceli comanda desde septiembre de 2016. Pese al tiempo transcurrido, es la primera producción propia que la valenciana dirige en su teatro. En estos años ha llevado hasta su escenario montajes como Troyanas, con Aitana Sánchez-Gijón, o Jane Eyre, con Ariadna Gil, que antes habían pasado por el Festival de Mérida o el Teatre Lliure. Su Mrs. Dalloway, un intento de resumir la vida de una mujer en 24 horas, comparte con las anteriores su preocupación por indagar en el alma femenina, por denunciar las estrictas reglas morales y sociales que asfixiaban a su género.

«Virginia Woolf fue muy importante para el feminismo», explica Portaceli, «Una habitación propia es uno de mis libros de cabecera. Ahí, con toda su ironía y esa gran cultura, explica que las mujeres necesitamos una habitación para nosotras y nuestro propio dinero para poder ser independientes. Eso es algo que ya había anticipado Charlotte Brontë, que sólo deja que Jane Eyre vuelva con Rochester, cuando recibe una herencia y por tanto no depende de él. Cuando su relación es de igual a igual, regresa junto a él».

Portillo comparte con la directora su devoción por Virginia Woolf. «Hay algo de ella que me fascina y es que es plenamente consciente de los esquemas sociales en los que tiene, por fuerza, que vivir una mujer. Sabe cómo romper eso desde dentro. Ella apuesta por la individualidad, por buscar espacios de libertad interior. Es como si dijera: 'Vale, soy consciente de que hay un montón de barreras, esto va muy despacio y desde dentro tenemos que empezar ya a ser libres, desde nuestro pensamiento y nuestras emociones'».

La propia Portaceli firma una chejoviana adaptación escénica de la novela junto a Anna María Ricart y Michael De Cock, director de la prestigiosa KVS de Bruselas, donde el montaje irá de gira. «Es importante salir a Europa. También nos han pedido el montaje desde Argentina y Uruguay», explica Portaceli, quien ha acometido un cambio crucial en su versión. El ex combatiente atormentado que termina suicidándose en la novela por el shock de la I Guerra Mundial, se ha transformado en una mujer que es un trasunto de la propia Woolf, quien se suicidó arrojándose al Támesis con un montón de piedras en su abrigo. «No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros», dejó escrito a su marido en una carta de despedida, letras que resuenan en escena.

Pregunta.- En la novela, Woolf escribe que alguien debe morir para que el resto aprecie la vida...

~ Carme Portaceli.- Es algo muy miserable por parte del ser humano eso de no valorar las cosas hasta que las pierdes. Pero muchas veces proyectamos en lo que no hay... A pesar de todo, la vida hay que vivirla cada día. No es perfecta pero debemos valorar esa imperfección.

P.- Otro momento angustioso, de su versión, es cuando un personaje dice que «la costumbre es el esqueleto que nos sujeta y dentro no hay nada más...».

~Blanca Portillo.- Yo intento que no sea así en mi día a día, pero tenemos una necesidad de seguridad. El mundo está construido para que te salgas del cuadro lo menos posible. Y no hablo de hacer cosas enloquecidas, de ponerte a practicar deportes de riesgo o cosas así, sino de correr riesgos interiores. Todos queremos preocuparnos lo menos posible y el mundo está hecho para que sea así. Te dicen: «Tú a lo tuyo, tú sigue, ya verás que todo irá bien...». Salir de ahí te supone desarreglos internos, así que acabamos sumergidos en la rutina para vivir una vida tranquila. Pero la vida no es tranquila.

~C. P.- Al contrario, es una aventura. El teatro precisamente planta cara a esa tranquilidad, a esa rutina...

P.- Pese a la época en la que fue escrita, llama la atención cómo Woolf plantea la opción de la bisexualidad en su protagonista. Clarissa Dalloway se siente erotizada por su amiga Sally.

~C. P.- Sí, es la única vez que el personaje siente la pulsión sexual. Lo que es muy interesante es que ella no se plantea nada más porque la convención social no lo permitía, algo que su hija en nuestra versión sí hace.

~B. P.- A mí esas amistades profundas entre mujeres, y también entre hombres, me parecen muy naturales. Tienen que ver con el encanto interior que todos tenemos.

P.- En un momento de la función, la señora Dalloway dice: «Eres una mujer, tienes que ser generosa y hacerle la vida feliz a los demás». Ha pasado casi un siglo desde se publicó la novela, ¿hemos cambiado mucho?

~C. P.- Yo creo que en esto hemos evolucionado pero, como decía Marx, la superestructura tarda mucho en cambiar. Esto sigue estando ahí. Quizás sea algo bueno que las mujeres podamos aportar, porque cuando nos dan cargos de responsabilidad ninguna vamos a golpe de pito, ni con gritos... Tenemos otra manera de llegar a la gente. Pero es tremendo que aún en nuestra cabeza escuchamos eso de «no grites, no seas antipática». Y cuesta salir de ello porque nos lo han metido desde la cuna. Por ejemplo, te dedicas a cuidar a tu madre y te dice: «Uy, ha venido tu hermano, qué estupendo, qué majo que ha venido a verme». Y tú estás ahí todo el día pero no te lo agradece porque tú tienes que estar ahí.

~B. P.- Hay esquemas que son muy difíciles de cambiar y que no tienen que ver sólo con acciones sino que están metidos en nuestra cabeza. Pero, poco a poco, los vamos a superar. Sobre todo, con esta revolución feminista que para mí es la única interesante que ha ocurrido en los últimos tiempos y que no se va a detener. Es imparable.

~¿Por qué el feminismo despierta tantos recelos en algunos sectores de la sociedad?

~B. P.- Por ese peso de las costumbres del que hablábamos.

~C. P.- ¡Y por los privilegios! Porque el mundo se ha construido para la comodidad de una serie de personas.

~B. P.- Hombre, es que si te has construido el mundo para tu beneficio personal, que ahora te vengan a decirte que lo tienes que compartir...

~En 'La señora Dalloway' también se habla de la invisibilidad de las mujeres, ¿se ha superado esto en la cultura?

~B. P.- Estamos mejor pero creo que queda mucho por hacer. Necesitamos mucho tiempo para que no nos extrañe que, de repente, haya tantas mujeres en escena.

~C. P.- Mira, Las Sinsombrero siguen sin estudiarse en los colegios porque a los editores de los libros de texto no les da la gana ponerlas. No estudiar a María Teresa León o Rosa Chacel, que eran mujeres transgresoras y maravillosas, ya les vale...

~B. P.- Precisamente, el otro día vi un reportaje maravilloso de las mujeres de la Generación del 27 en televisión Las que se quedaron tuvieron no sólo que renunciar a su pensamiento y a crear, sino que la dictadura les quitó la voz. Se volvieron mudas.

~C. P.- ¿Tú sabes que Carmen Laforet se quiso divorciar de su marido y éste sólo le puso como condición que no escribiera más? Ella le dijo, pues muy bien yo no escribo más pero de ti me divorcio. Son cosas tremendas... Los hombres de antes no dejaban que sus mujeres hicieran el amor con otros hombres porque preferían que no supieran que otro lo hacía mejor que él. Y esto, hoy, sigue pasando. Sólo hay que ir un poco más allá de nuestro pequeño mundo.

~¿Cómo vivieron el 8-M?

~B. P.- El año pasado estuve en la manifestación y éste estuve cuidando a mi madre. Curiosamente, estábamos las cuatro hermanas. Los cuatro hermanos no estaban, somos ocho hijos. Yo le dije: «Mamá, mira, hoy yo tendría que estar en la manifestación y estoy aquí ejerciendo algo que mi hermano debería estar haciendo». Ella me respondió: «Pues tienes razón, debían estar ellos aquí». Así se celebran a veces las cosas.

~C. P.- Yo lo viví muy emocionada. Para las que somos feministas de toda la vida, y que sólo lo hemos podido decirlo abiertamente sin que nos escupan a la cara desde hace un año y medio, resulta un día conmovedor. Es increíble ver la cantidad de chicas que salen a la calle y, cada vez, más chicos, que eso es muy interesante. Porque nosotras hemos luchado por muchas cosas para los hombres, así que ahora lo justo es que vengan ellos a luchar por nosotras.

~¿Entienden que algunos hombres estén desconcertados en una cita así? A veces no es sencillo saber a qué actos ir. En la manifestación había bloques que no eran mixtos...

~B. P.- Mira, tontos no sois. Sólo hay que ver cómo habéis organizado el mundo...

~C. P.- No cuela. Vosotros tenéis que acompañar en la huelga, y eso es ir detrás. No ir delante diciendo que los hombres también sois feministas. Los chicos tienen que estar ahí porque el mundo es de los dos pero no podéis coger el protagonismo un día que no os corresponde. La costumbre de coger siempre vosotros el protagonismo es lo que hace que algunas mujeres no se fíen.

 

~B. P.- Aparte, ese propio desconcierto masculino ya está cogiendo un protagonismo que dices: «De verdad, ¿no podéis callaros un poco?».