¿Ha pensado cuál es el beneficio al momento de elegir a alguna autoridad? O ¿se ha sentido satisfecho con el trabajo realizado por ésta al momento de finalizar su periodo? Las anteriores, pueden ser  cuestionamientos normales tras los recientes escándalos generados por uno que otro mandatario estatal.

 

Como nunca antes, los políticos, y en especial los gobernadores, sufren el mayor descrédito de la historia reciente, debido a sus excesos (actos de corrupción), así como su trabajo ineficiente al momento de ejercer el poder.

 

Los casos y las críticas a cada uno de estos funcionarios públicos serían motivo suficiente para emplear ríos de tinta y por ende, páginas extensas; no obstante, es importante analizar desde otro ángulo las conductas de los exgobernadores tales como Javier Duarte (Veracruz), Guillermo Padrés (Sonora), Roberto Borge (Quintana Roo) y César Duarte (Chihuahua).

 

Causas y efectos

 

En primer lugar, hay que señalar la crisis democrática e institucional que se vive en México. Hoy, los partidos y los gobiernos (en sus diferentes órdenes) carecen de respaldo por parte de los ciudadanos, pues la confiabilidad, certeza y honestidad que estas instituciones brindan son pocas y en ocasiones, nulas.

 

Y es que las personas ya no perciben las diferencias en la forma de trabajar entre un partido y otro, que, por lo general, adoptan prácticas similares, cometen las mismas fallas, es decir, son malos recaudadores, pésimos administradores y peores garantes de la ley.

 

Malas acciones

 

Asimismo, varios ejecutivos locales se han transformado en auténticos caciques que controlan a su antojo el territorio que gobiernan y a los pocos meses suelen ser acusados por incurrir en –supuestos- actos de corrupción y así beneficiar a sus familiares y amigos cercanos.

 

Para la clase política en México es muy fácil evadir sus responsabilidades y no pagar las consecuencias por esto, ya que la legislación es un “traje” confeccionado por y para ella, donde por desgracia, la sociedad civil está representada por organizaciones endebles que todavía no generan el contrapeso necesario.  

 

¿Votar tiene sentido?

 

Con todos esos antecedentes, ¿cuál es el incentivo de seguir votando? Desde hace mucho tiempo, los mexicanos han dejado de sufragar por un verdadero plan de gobierno porque simple y sencillamente no hay en el espectro político nacional, por lo tanto, algunos privilegian más la marca-partido, la emotividad de los mensajes, la imagen del candidato o quizá, la efectividad de la guerra sucia.

 

En cada campaña electoral las soluciones -a problemas sobre diagnosticados- son las mismas, el bombardeo propagandístico es incesante, el recurso económico fluye y los candidatos sólo buscan un porcentaje menor al 40 por ciento de la votación que los lleve al triunfo. 

 

Los amos absolutos

 

Actualmente, los gobernadores se encuentran en el ojo del huracán, pero esta mala reputación también salpica a otros representantes populares (alcaldes, diputados, senadores o al presidente de la República); sin embargo, estos poseen un mayor control con respecto a los demás: Son dueños del congreso local, manejan a la prensa de su estado, dominan a su órgano de fiscalización y de transparencia y tienen injerencia en el Poder Judicial.

 

Para nadie es un secreto que la política mexicana atraviesa por uno de sus momentos más críticos, esa profesión y actividad que debería servir para solucionar los problemas y necesidades de la gente, es aprovechada por unos cuantos para hurtar, robar y sustraer… sinónimos de corrupción, pues.

 

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