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En 2012, Chumel Torres era un ingeniero mecánico que tuiteaba para divertirse mientras realizaba su labor como Project Manager en una maquila de equipos médicos en Chihuahua.

 

Ganaba 22,000 pesos al mes por transferir parte de la producción de México a Estados Unidos, y viceversa. No conocía mucho de política, ni de negocios, pero sí sabía cómo hacer reír a la gente a través de un humor ácido que le había acumulado más de 80,000 seguidores en Twitter.

 

Fue este humor ácido el que lo catapultó a la escena nacional el 9 de febrero de ese año, cuando criticó con groserías la propuesta del entonces candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador de crear una Secretaría de la Honestidad.

 

 

El tuit fue retomado por el también candidato presidencial, Gabriel Quadri, y la bomba estalló. El ingeniero tuitero que vivía en Chihuahua se transformó en un emprendedor radicado en la Ciudad de México que actualmente cuenta con un programa en televisión de paga, otro en radio, uno más en YouTube, ha escrito un libro, es columnista, y tiene una empresa de contenidos.

 

De facturar 22,000 pesos como empleado, cuatro años después Chumel Torres ha forjado una empresa a la que persiguen al año más de 40 patrocinadores, con más de 30 empleados, un estudio en la capital del país, otro en Mérida, y uno más por abrir en Monterrey.

 

¿Emprendedor, empresario, conductor, escritor? Ninguno, asegura.

 

“Sólo sé que soy ingeniero, porque es lo que sí soy. Y quiero ser un MacFarlane que tuvo Family Guy y pegó cañón, e hizo un Ted y fue un putazo, y luego una obra de teatro… Algo como hacer muchas cosas sin necesariamente ponerte una etiqueta, a esto me dedico y ya”, dice.

 

Una idea que nació de una serie de fracasos

 

Chumel Torres no se pone una etiqueta, aunque asegura ser una historia de fracasos.

 

Después del tuit contra López Obrador, Chumel fue invitado a crear una columna en un medio digital. Comenzó a leer más sobre política en periódicos y televisión, y tuvo la idea de crear un programa al estilo John Stewart, sin embargo falló su estrategia para venderlo a los medios de comunicación establecidos.

 

Fue entonces que se refugió en YouTube junto a un grupo de amigos. A finales de 2012 iniciaron El Pulso de la República con unas 12,000 reproducciones por programa y siempre en aumento. El concepto ofreció algo que, desde el punto de vista del emprendedor, los medios tradicionales se habían olvidado de hacer: traducir a sus audiencias la información.

 

“Somos una repetición de lo que ya existe. Lo que buscamos es comunicamos de una manera más entendible a lo que ya existe en los periódicos y le damos un toque personal, incluyente y con humor”, dice.

 

El objetivo era dar voz a lo que piensan los mexicanos de las noticias, sin hacer llamados contra algún personaje en particular o para manifestarse contra algo. “La conclusión del programa era que la gente hiciera una reflexión, más que ondear la bandera de la libertad”.

 

Este corazón fue su fortaleza y debilidad a la vez. Fue esta la razón por la que, a pesar de los millones de visitas que para 2014 recibían en YouTube, sus ingresos económicos no mejoraban, y así rechazaron propuestas de televisoras y algunas empresas, que buscaban patrocinar el proyecto a cambio de interferir en los contenidos.

 

Y llegó el dinero

 

El equipo dejó Chihuahua y emprendió la aventura en la Ciudad de México.

 

“Empezamos con un manejo de la marca directa y fue un muy mal negocio. Porque te estoy hablando de una cosa que en tres años no nos dio un fucking centavo. YouTube es mal negocio, porque YouTube es una cosa que te gusta hacer, y ya si luego te pagan por eso ¡es maravilloso!”, asegura.

 

El plan de negocios que desarrollaron entonces fue basado en la posibilidad de vender su proyecto a cualquier marca, menos políticos, siempre y cuando existiera libertad creativa.

 

“Se podían dar ciertas concesiones, en el sentido de que la marca quisiera un comercial, pero no eran comerciales a su forma. Nosotros le decíamos ‘déjame a mí, porque yo sé cómo hablarle a la audiencia’”.

 

El éxito llegó con Telcel, la primera empresa que confió en su proyecto, y con la que diseñaron una estrategia para regalar computadoras y proyectores. La empresa apoyó a El Pulso y después se sumaron más marcas. A la par, las visitas en YouTube crecían a número estratosféricos. En 2015 aumentaron 1,200% el número de visitas y 400% en 2016. La cuenta de Twitter de Chumel rebasó los 600,000 seguidores y para marzo de 2017, El Pulso de la República contaba con casi 1.9 millones de suscriptores.

 

El ingeniero Chumel se convirtió entonces en una máquina de hacer dinero con el manejo de publicidad a través de sus contenidos. La última gran oferta llegó de la mano de HBO, con quien cerró el primer programa latino de opinión y que actualmente se encuentra en una segunda temporada que constará de 30 capítulos semanales. Con la marca Chumel Torres en ascenso, HBO confió en el concepto del emprendedor y dio su visto bueno para iniciar un programa muy similar a El Pulso de la República, bajo el nombre del ahora conductor.

 

El nuevo negocio

 

Ahora, Chumel Torres ha iniciado un nuevo proyecto bajo el nombre de Máquina 501, una especie de productora con la que quiere desarrollar nuevos programas y abrir otros estudios.

 

El proyecto más ambicioso es convertirla en una incubadora para impulsar a youtubers en distintas regiones del país.

 

“Quiero que a otra gente le pase lo mismo que a mí. Si un wey que tiene un blog con una idea buena, le ponemos una cámara y un estudio y le decimos ‘solo déjame brandearte’, y así tenemos ‘pulsitos de la república’ en otros lados”.

 

Chumel Torres ya no piensa en ingeniería. Su siguiente plan es hacer programas en vivo y está preparando una temporada especial para los comicios presidenciales de 2018, en la que quiere entrevistar a todos los candidatos.

 

Niega ser un vendido a los partidos políticos, como muchos de sus críticos lo acusan, y asegura que no tiene miedo a perder el apoyo de sus patrocinios. “Para hacer un proyecto así no se necesita de las grandes producciones del mundo; se puede ser emprendedor con honestidad, sin chingar a la gente. En algunos años podrán decir que era un grosero, pero nunca chingué a nadie ni me fui contra alguien que estaba caído”.


           

 

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